lunes, 6 de agosto de 2012

III. El período egipcio (301-198 a.C.)


Debe tenerse claramente presente que los soberanos de Egipto durante esta época eran griegos.

 Astutamente, Tolomeo eligió para si mismo un rincón del imperio donde el alimento era abundante y donde la invasión era poco probable. Su ciudad principal, Alejandría, había sido planificada por Alejandro y su arquitecto, y creció con rapidez hasta transformarse en uno de los principales centros helenísticos, reconocido por su comercio y su cultura.

 El primer Tolomeo (Sotero) fundó la gran biblioteca de dicha ciudad, que perduró durante casi mil años.2 Esta fue sin duda ampliada por Tolomeo Filadelfo (285-247 a.C.).

Hasta este momento había existido poco contacto entre judío y griego, en parte porque los judíos no eran pueblo marinero, y también debido a su indiferencia hacia sus incircuncisos vecinos.

Pero ahora judíos en grandes cantidades se mudaron a Egipto, donde adquirieron conocimiento del idioma griego y cierto aprecio por la literatura griega.

Josefo afirma que los judíos recibieron derechos cívicos iguales a los de los macedonios. Fue durante el reinado de Filadelfo que la Ley judía (El Pentateuco) fue traducida al griego. Los otros libros del Antiguo Testamento fueron traducidos posteriormente.

En este período Palestina experimentó un proceso de helenización pacífica, siendo expuesta a la atracción del estilo de vida griega:

·    Su lengua y arte y la alegría de sus festivales y juegos.

 La gente frecuentaba los anfiteatros y los baños públicos. En tanto no hubiese intentos de interferir con el culto de la nación, esta influencia cultural continuó operando sin oposición violenta. En el período siguiente se llevó a cabo un intento tal, con consecuencias que sacudieron al judaísmo palestino hasta sus mismos cimientos.

IV. El período sirio (198-167 a.C.)


Los esfuerzos de los sirios por socavar el control egipcio sobre este territorio finalmente tuvieron éxito. En la batalla de Paneas (198) Antíoco el Grande derrotó a Scopas y su ejército. Poco después Antíoco mismo experimentó la derrota a manos de los romanos y fue obligado a pagar tributo.
                                                                                                                                              
Nos enteramos de una intentona, hecha durante el reinado de su sucesor, de saquear la tesorería del templo de Jerusalén para mitigar la zozobra fiscal. Una crisis en las relaciones sirio-judías tuvo lugar durante el régimen de Antíoco IV (Epífanes), que tenía la ambición de gobernar sobre un estado fuerte, totalmente helenizado, llegando aun a regular la vida religiosa del pueblo. Proclamó su divinidad en sus monedas, que llevaban la inscripción, "del Rey Antíoco, Dios Manifiesto, Portador de la Victoria".

El conflicto sobre la helenización de Judea no había sido hasta este momento, entre los sirios por una parte y los judíos por la otra, sino entre el partido prehelénico de los judíos y el partido de la resistencia, judío también. Pero ahora el grupo prehelénico estimó que podía ser más agresivo debido al respaldo de Antíoco.

La presión era muy fuerte sobre aquellos que buscaban resistir las innovaciones del estilo de vida griego. Hasta qué punto hubiese llegado el proceso si hubiese seguido un rumbo pacífico, es algo que puede debatirse. Pero la acción del monarca de forzar la helenización cristalizó el espíritu de resistencia y llevó a la revuelta declarada. Los del grupo de la oposición eran conocidos como los hasidim (los píos).

 Eran hombres dedicados a la defensa de la religión y de las costumbres judías en un esfuerzo por detener la corriente de la apostasía. Su alto propósito se contrastaba con el aventurismo egoísta de sus compatriotas, que trataba su herencia judía con liviandad a efectos de obtener para Jerusalén una situación favorable entre las colonias griegas de Siria y Palestina y una posición de riqueza y liderazgo para sí mismos.

La situación llegó a una crisis cuando Antíoco estaba en Egipto. Dos personajes locales contendían por el sacerdocio supremo en Jerusalén y se desató la violencia entre sus seguidores en la ciudad. Al enterarse de los disturbios, el rey regresó apresuradamente a sus dominios bajo la impresión de que Judea se había sublevado contra él  y ordenó a sus soldados que atacasen al populacho, con la consecuente gran pérdida de vidas.

Poco después de esto, cuando se encontraba una vez más en Egipto, siendo frenado en sus ambiciones allí por los romanos, regresó por Palestina de mal talante y decidió llevar a los judíos a la helenización total por decreto real. La práctica del judaísmo fue abolida.

Aquellos que se resistieron fueron matados o esclavizados. Elementos distintivos como:
·         la observancia del sábado,
·         la circuncisión, y la adoración en el templo fueron proscritas.
·         Las Escrituras fueron destruidas.

 Finalmente, en Diciembre del año 168 Antíoco confiscó las copas sagradas y la tesorería del templo y edificó sobre el altar de bronce un altar para sacrificios paganos, ofreciendo cerdos sobre el mismo como un insulto deliberado contra los judíos.


Sin duda esto hasta sacudió a muchos griegos que estaban a favor de la extensión pacífica de su estilo de vida entre otros pueblos, puesto que significaba que los judíos estaban siendo forzados a abandonar su religión nativa, algo sagrado tanto para la gente griega como para la hebrea.

Algunos que habían permanecido firmes anteriormente ahora negaron la fe, pero muchos resistieron y sufrieron el martirio. La llama del judaísmo  parecía quemar muy bajo, cuando repentinamente se reavivó con fiero vigor. Un sacerdote llamado Matatías que había dejado Jerusalén para establecerse en Modín, se encontró con que no podía escapar la situación ni siquiera allí.

Cuando el comisionado griego llegó al lugar y ordenó a Matatías, como sacerdote que era a dirigir el culto pagano, el anciano se vio obligado a tomar una decisión.

El rehusó obedecer, y cuando otro judío pasó al frente en su lugar, lo mató y eliminó también al comisionado griego. Seguidamente, tomando a sus hijos, huyó a las serranías. Este incidente fue la chispa que encendió la rebelión por todo el territorio.

V. El período macabeo (167-63 a.C.).


Otros se plegaron a la revuelta y ayudaron en la lucha guerrillera contra las autoridades. Al principio los judíos leales se encontraron en penosa desventaja debido a que sus enemigos arteramente elegían el sábado para las confrontaciones militares, día en que su escrúpulo religioso impedía a los fieles combatir.

Matatías y sus hijos, empero, animaron a sus seguidores a responder a la fuerza con la fuerza. Era mejor violar unos pocos sábados ahora y tener algunos para observar en el futuro, que morir sin resistencia a manos del enemigo.
Matatías fue pronto reclamado por la muerte, pero su hijo Judas Macabeo (Martilleador) asumió el mando y demostró ser excelente líder, hábil y osado.

Gradualmente los judíos se hicieron lo suficientemente fuertes como para pasar de la lucha guerrillera a la batalla campal con fuerzas de buen tamaño, y pudieron tomar control de Jerusalén, con excepción de la ciudadela que estaba bajo el control de una guarnición siria. El santuario fue purificado y rededicado, un evento conmemorado aún en la época del Nuevo Testamento (Jn. 10:22-23).

Rivalidades internas en Siria debilitaron el esfuerzo contra los judíos, de modo que el general Lisias consideró expediente conceder libertad religiosa y retirar sus fuerzas en vez de tener que hacer guerra en dos frentes. Esta era la meta por la cual habían luchado los hasidim.

 No vieron sentido en continuar la lucha, estando dispuestos a aceptar la dominación política siempre y cuando pudiesen mantener las costumbres del judaísmo como sus padres lo habían hecho. Pero los líderes Macabeos tenían aspiraciones de independencia total, así que la lucha continuó sin la ayuda de los hasidim.

Judas apeló a Roma por ayuda, y se concluyó un pacto obligando a cada parte a ayuda mutua en tiempos de guerra, pero redactado de modo tan elástico que Roma no quedaba comprometida en este conflicto. No obstante los romanos expidieron órdenes a Siria de dejar a Judea tranquila, pero la comunicación llegó demasiado tarde para salvar a Judas y a muchos judíos que perecieron con él en Elasa.

Este revés no fue fatal para la causa judía en razón de que lo sirios no fueron capaces de proseguir su ataque. Además de las amenazas de Roma, debilidades internas y problemas de sucesión al trono mantuvieron los recursos de Siria tan abrumados que no había posibilidades de efectuar una campaña que aplastase la resistencia judía. Jonatán siguió a su hermano Judas como líder del movimiento por la independencia.

El hasta logró usar fuerza militar fuera de Judea, además de reprimir al grupo pro-helenístico dentro del país. Bajo su hermano Simón, que le sucedió al liderazgo, los judíos lograron su independencia política. Esta fue concedida allá por el año 143, y la nueva era estaba destinada a continuar durante más o menos ochenta años, hasta que los romanos, a su vez, lograron obtener un fuerte asidero en el país.

 Por el momento Roma reconoció al estado independiente de los judíos sin interferir en sus asuntos.
Mientras tanto Simón fue declarado, en una asamblea legal del pueblo, sumo sacerdote, líder militar y gobernador civil "para siempre hasta que apareciera un profeta digno de fe" (Biblia de Jerusalén).

 Este lenguaje es interesante porque demuestra un reconocimiento de que este arreglo era provisional, y que se debía a la ausencia de un representante de Jehová. La voz del testimonio profético había cesado.

Nuestro propósito no requiere una consideración de los reinados de los diferentes gobernantes asmoneos, más allá de notar ciertas debilidades que viciaron este período. La alianza con Roma estaba muy poco de acuerdo con la enseñanza del Antiguo Testamento respecto a la suficiencia de Dios como refugio y fortaleza de su pueblo.

 Tampoco se hizo ningún esfuerzo sincero por ganar al elemento pro-helénico que permanecía en el país. Por el contrario, esta gente fue tratada con severidad y quedó permanentemente alienada de la causa de los triunfadores.

Hubo además una extraña inconsistencia en la política de imponer el judaísmo por la fuerza sobre aquellos que estaban fuera de Judea, como sucedió en Idumea, en especial al venir esto de un pueblo que había experimentado en carne propia la amargura de la persecución religiosa no mucho tiempo atrás.

 El poderío militar fue mantenido por el uso de tropas mercenarias, las que ocasionalmente fueron usadas aun contra los mismos judíos. Es así que esta era fue algo menos que una época de oro, pese a la libertad de dominación foránea de que se gozaba.

 1.    Gráfica en una línea de tiempo hitos importantes ocurridos desde el periodo persa hasta el periodo egipcio.

ESTUDIO DEL NUEVO TESTAMENTO

Iglesia:Ciudad de Dios DEPARTAMENTO: Estudios teológicos. Renca MAPA Planificación del estudio del Nuevo Testamento, clases días Martes 20:00Hrs

jueves, 17 de mayo de 2012

Carta a los Romanos

La diiallécttiica de lla jjusttiiciia en ell comenttariio de Karll Bartth Alberto Fernando Roldán Resumen En el presente artículo se analiza el carácter dialéctico en el enfoque que Karl Barth hace de la justicia en su comentario a la carta a los Romanos. Se muestra de qué modo tal perspectiva pone en evidencia su inserción en la tradición reformada de Lutero y Calvino y la fuerte impronta kierkegaardiana de su pensamiento en el que subraya las paradojas y la forma en que son superadas en Jesucristo. En la parte final del trabajo se cuestiona la falta de reflexión por parte de Barth sobre las implicaciones de la justicia para los ámbitos sociales y políticos que sí están presentes en otras de sus obras. INTRODUCCIÓN En el ámbito de los estudios teológicos y aún filosóficos es reconocida la importancia del comentario de Karl Barth a la carta a los Romanos, obra que fue terminada en 1918 –según consta en el original alemán– considerada como una bomba de tiempo que cayó en el terreno de los teólogos produciendo una especie de giro copernicano en la teología protestante en particular y cristiana en general. El presente trabajo se propone indagar el contenido de esta obra, centrando la investigación en la dialéctica que Barth establece en torno al tema de la justicia. La primera parte del ensayo está dedicada a plantear el contexto histórico, teológico y cultural en que surge esta obra y las razones por las cuales la teología de Barth, tal como es expuesta en su comentario, se denomina “dialéctica” para analizar luego en qué aspectos la justicia humana y la justicia divina aparecen contrastadas. Finalmente, se mostrarán las lagunas que deja el abordaje de Barth al tema, especialmente en cuanto a su silencio sobre las aplicaciones de la justicia a los ámbitos sociales y políticos. Contexto de la obra de Barth y su carácter dialéctico El comentario de Karl Barth a la carta a los Romanos (Römerbrief) no surge en un vacío social y cultural sino en un contexto de crisis y búsquedas que es posible rastrear. Se trata de una crisis que abarca todos los aspectos de la realidad: la filosofía, la teología, la cultura, la existencia humana. En su ensayo “La situación espiritual de la época”, escrito en 1933, Karl Löwith define el tema en los siguientes términos: “El hombre, metido por la fuerza en un aparato para la existencia concreta producido por él mismo, se encuentra hoy en cuanto tal, o sea, en su humanidad, en una crisis”. Apelando a un texto de Jaspers, Löwith destaca que esa crisis abarca al Estado, la cultura y el ser del hombre. “Todo ha llegado a una crisis que no se puede percibir en su totalidad ni comprender en su fundamento y solucionarla, sino que debe ser comprendida como nuestro destino, soportada y superada”. Fue en el centro mismo de esa crisis, la primera guerra mundial, cuando Karl Barth inicia la redacción de su comentario a Romanos. Barth ya había sido pastor de una comunidad reformada en Ginebra y había realizado estudios teológicos en Alemania donde recibió la influencia de teólogos como Adolf von Harnack, A. Schlatter y W. Herrmann. Pero desde 1911 se hace cargo del pastorado en Safenwil, pequeña ciudad ubicada al norte de Suiza. Es allí cuando, en pleno desarrollo de la primera guerra mundial, siente que su teología de corte liberal no responde a la realidad. Que el ser humano lejos de ser bueno y marchar hacia la perfección –optimismo que cundió en Europa desde fines del siglo XIX– estaba escindido, dividido, resquebrajado y esa condición era fruto de su alienación de Dios que, según él mismo va a exponer, aparece con claridad en la epístola de Pablo a los Romanos. En palabras de Manuel Gesteira Garza: “De los escombros de la primera guerra mundial surge el clamor de un profeta: Karl Barth, que acusa al siglo XIX de haber forjado una teología del hombre en vez de una teología de Dios”. Pero es el propio Barth quien define la situación humana y del mundo como “crisis”. En su exposición de Romanos 2.16 comenta: Por medio de Cristo Jesús» juzga Dios al hombre. Eso significa crisis: negación y afirmación, muerte y vida del hombre. En Cristo se ha hecho presente un final, pero también un principio, un desvanecerse, pero también un renovarse. Y esta crisis afecta siempre a la totalidad del mundo y a todos los hombres. Decir “crisis” es, para Barth, casi sinónimo de “dialéctico” toda vez que no hay afirmación sin negación ni muerte sin vida, a partir de una realidad que se ha hecho final pero también principio. La dialéctica tiene que ver con el método de Barth para hacer teología. Y ese hecho es tan importante que, en su interpretación filosófica de Barth, Jacob Taubes no duda en afirmar: “El método y el programa de la dialéctica de Barth son quizás el aporte más significativo a la conciencia general de nuestro tiempo; resulta necesario, por lo tanto, analizar su obra desde la filosofía”. Luego de indicar –en coincidencia con el propio Barth– que la teología es discurso humano en el cual la “palabra de Dios” debe someterse al carácter verbal y a la investigación humana, Taubes analiza con profundidad en qué consiste la dialéctica barthiana. Si bien el término “dialéctica” aparece en distintos momentos de la historia de la filosofía, la teología y la sociología: “Según Karl Barth, la teología sólo es posible «en forma de diálogo, en un discurso de pregunta y respuesta». Sólo en este encuentro entre pregunta y respuesta se realiza el carácter téticoantitético de la teología. La teología es «pensamiento dialéctico»”. La única teología no dialéctica sería, para Barth, la teología de Dios porque el hombre, como mortal y finito, no puede pronunciar la última palabra. Para Taubes, la dialéctica de Barth es heredera tanto de Hegel como de Kierkegaard. El primero, desarrolla un esquema de tesis antítesis y síntesis a partir de su interpretación del prólogo del evangelio de Juan, en el sentido de que en el principio era el Verbo, el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Pero como se puede observar en el comentario de Barth, quien más lo influyó fue el pensador danés ya que: “El hecho de que Barth destaque tanto el hiato entre Dios y el hombre, la diferencia entre creador y creación, es resultado de la influencia de la «dialéctica negativa» de Kierkegaard”. Tanto en Hegel como en Kierkegaard hay una presencia de la dialéctica pero, como señala Gesteira Garza, mientras en el primero ella se desarrolla en el plano objetivo e histórico, “para Kierkegaard acaece en el plano personal, existencial (en un hegelianismo «interiorizado»), pues en su existir «el hombre es un ser que hace eclosionar la nada»”.8 Dados los límites de este trabajo, no es posible comparar entre la primera y la segunda edición del comentario de Barth a Romanos, pero existe cierto consenso entre los intérpretes en el sentido de que, mientras en la primera edición hay más influencia hegeliana; en la segunda, su propuesta es decididamente kierkegaardiana. Sin embargo, más allá de esos énfasis, la figura de Kierkegaard aparece una y otra vez tanto en citas de Barth como en conceptos herederos de su pensamiento. Se citan algunos ejemplos: “Entonces ella es, de nuevo, la soberbia, la arrogancia que desconoce la distancia existente entre Dios y hombre, y que entronizará infaliblemente al no dios”. Luego, una cita de Kierkegaard: “Quita la posibilidad del escándalo –eventualidad llevada a cabo en la cristiandad–, y entonces todo el cristianismo es comunicación directa, y todo el cristianismo queda eliminado”. Finalmente, el tema de la fe como paradoja: “Creer significa para todos la misma zozobra y la misma promesa. Creer es para todos el mismo salto al vacío. Creer es posible para todos porque es igual de imposible para todos”.La exposición que Barth hace de la carta a los Romanos implica un método que podemos denominar dialéctico-crítico-paradójico. Barth no pretende hacer el comentario definitivo a la obra porque, como bien señala en el prólogo a la primera edición: “mi aportación no quiere ser más que un trabajo preliminar que pide a gritos la colaboración de otros”. Y, a pesar de que su texto no fuera concebido como un tratado de hermenéutica, de hecho se ha constituido en ello, una referencia insoslayable para saber cómo hay que hacer relecturas de la Biblia, en este caso, de un Pablo que, como lo define Barth, “habla como profeta y apóstol a todos los hombres de todos los tiempos”.Luego de esta breve introducción al método de la teología de Barth puesto de manifiesto en su comentario a Romanos, nos abocaremos al análisis de cómo aplica la dialéctica al tema de la justicia humana y la justicia divina, temas centrales en la epístola paulina. La justicia humana: un intento fallido La exposición que Barth hace del tema de la justicia humana está en el capítulo 2 que desarrolla bajo dos acápites: el juez y el juicio. Al comienzo, se plantea si acaso habrá, en la noche de la ira de Dios, también una justicia del hombre. Comentando 2.1-2 y, particularmente, la expresión de Pablo “no tienen excusa”, dice: “No existe justicia humana que pueda arrancar de la ira de Dios al hombre. No existe magnitud humana ni altura local que justifique al hombre ante Dios”. Luego, con referencia a la pregunta de Pablo: “¿Piensas entonces que vas a escapar del juicio de Dios?” (2.3 NVI), comenta que ese sería un cálculo equivocado de una justicia humana pero lo que sucede es que: “Cuando la justicia humana se ufana de la fe como si ésta fuera obra del hombre, la obra de Dios en la fe se paraliza, también la fe pasa a estar bajo la ley de la indignidad y corrupción de todo lo terrenal”. En algunos tramos de su exposición, Barth anticipa algo de la justicia que pueda hacer el creyente. Para éste último, la buena obra no es una posesión propia o algo que atribuye a su propia capacidad. “Jamás dirá: ¡yo hago! Su afirmación constante será: ¡Dios hace!” Por otra parte, la justicia que el ser humano pueda lograr nunca es segura ante los ojos de Dios que es el juez de todos y no hace acepción de personas. A la sentencia paulina: “Porque no se considera justos a los que oyen la ley sino a los que la cumplen” (2.13 NVI), Barth formula una pregunta: “¿Cómo se produce la justicia del hombre?” Y responde que es mediante la revelación divina, la apertura y la comunicación de la ley de Dios. “Pero lo que el Señor obra es un portento ante nuestros ojos; eso no da al hombre derecho de preferencia ni a seguridad alguna. El pecador sigue siendo pecador”. En esto último, se puede percibir la influencia de la expresión de Lutero: simil iustus et peccator, es decir, el cristiano sigue siendo, simultáneamente, justo y pecador. Como dice Gesteira Garza: “Late en Barth –radicalizada– la dialéctica del «Deus absconditus-Deus revelatus» (Lutero). Y su reflejo en el «simil justus et peccator»”. Por lo tanto, la expresión de Pablo “no son justos ante Dios los que oyen la ley” significa, para Barth, que el ser humano no puede salvarse a sí mismo mediante su propia justicia. Barth enfatiza que la justicia de los justos no es propia ya que no lo son por sí mismos, sino que son declarados justos por Dios. Ellos tienen en la injusticia de este mundo la expectativa de la justicia del mundo venidero; han recibido en el tiempo el empujón para un movimiento eterno. Su justicia consiste en que entregan de continuo toda su justicia humana a Dios, al que ella pertenece. Consiste en su renuncia radical a una justicia propia.20 Luego, Barth expone la sección 2.14-29 que titula “el juicio”. La ley, de que habla Pablo, “es la escoria sagrada del portento acaecido, el cráter extinto del discurso divino [...] es el canal seco por el que en otro tiempo, bajo otras circunstancias, fluyó para otras personas el agua viva de la fe [...]”21 Las metáforas –“escoria”, “cráter” y “canal”– implican el reconocimiento de lo que la teología conoce como “revelación general” a la cual Barth no daba la importancia que le otorgaban otros teólogos como Emil Brunner que “va a admitir en todo ser humano –por ser imagen de Dios desde la creación– una capacidad previa para acoger la palabra de Dios”.22 Pero se trata de la impresión que la revelación de Dios ha dejado en la historia humana y que se la puede ver como escoria, cráter y canal a través del cual fluía el agua de vida. Ampliando la metáfora del canal, Barth establece un contraste entre los que tienen la ley (los judíos) y quienes no la tienen (los gentiles). Los primeros son moradores de ese canal. Los segundos, que carecen de la referencia objetiva de la ley de Dios: “En modo alguno se les puede tener por moradores del seco canal de la revelación”. Sin embargo, puede darse el caso de que estos que no tienen ley hagan lo que exige la ley. Si ello acontece es porque se ha dado la revelación de Dios en la persona que está delante de Él. “Pero la revelación es de Dios. Ella no se deja forzar a seguir el canal vacío. Ella puede seguirlo, pero también tiene la posibilidad de excavar un nuevo lecho fluvial”. Aunque Barth no use la palabra, evidentemente hay aquí una alusión indirecta a la soberanía de Dios en el sentido de que Él tiene toda la libertad de excavar un nuevo lecho fluvial desconocido por los seres humanos. Cuando los gentiles hacen lo que está establecido por la ley de Dios, aunque no la conozcan en teoría, en todo caso mostrarán no su propia obra sino la de Dios ya que los seres humanos no tienen la última palabra. No la última, suprema y más delicada acción de la justicia humana para Dios, sino la acción primera, fundamental de la justicia de Dios para el hombre: la «obra» que Dios «ha inscrito en sus corazones» y que, por ser de Dios y no del hombre, causa alegría en el cielo, busca a Dios con la mirada, sólo a Dios. La reflexión de Barth en su exposición de Romanos 2 deriva de este modo en el tema de la dialéctica y la crisis. La dialéctica, que establece a partir de los binomios que expone a modo de pregunta: “¿Quién comprende la dialéctica de los binomios Dios y perdición, perdición y culpa, culpa y expiación, expiación y Dios, dialéctica en la que los hombres están?” La segunda, en términos de que “esta crisis afecta también a la totalidad del mundo y a todos los hombres”. Finalmente, la crítica que Pablo hacía al judío que es transgresorde la ley (2.25) y para quien la circuncisión se convierte en incircuncisión, conduce a Barth a decir que la justicia humana “se tambalea radicalmente en el juicio de Dios. No existe derecho alguno en virtud del cual algo humano en este mundo no sea también de este mundo”. En síntesis: la justicia humana no puede quedar en pie ante el tribunal de Dios. Sigue siendo, pese a todos sus esfuerzos, una justicia realizada en este mundo y propia de este mundo. Por lo tanto, no es de Dios y, por eso, no es viable. Esto dará lugar a la siguiente reflexión sobre la justicia de Dios. La justicia de Dios: “¡a pesar de todo!” El tema de la justicia divina corresponde a la exposición que Barth hace de Romanos 3. Barth divide el capítulo en dos secciones: la ley (3.1-20) y Jesús (3.21-26). Comienza afirmando: “La historia es el juego de supuestas excelencias del espíritu y de la fuerza de unos hombres frente a otros, la lucha por la existencia enmascarada de forma hipócrita mediante la ideología del derecho y de la libertad [...]” El fin de la historia, para Barth, es el juicio de Dios. Con ese juicio no hay más historia porque ella queda liquidada y lo que hay más allá del juicio es de una índole o naturaleza completamente diferente al más acá. Interpretando la expresión: “para que seas reconocido justo en tus palabras y triunfes cuando fueres juzgado”, Barth menciona el salmo 51, que es la cita indirecta que hace Pablo en 3.4, para decir que cuando a la luz de Dios el ser humano reconoce su impureza y su pecado con un corazón angustiado y quebrantado, “entonces reconoce a Dios como vencedor que triunfa. Por consiguiente, por encima de los altibajos de las olas de la historia, a pesar de la infidelidad humana, triunfa la fidelidad de Dios precisamente en la infidelidad del hombre”. Barth comenta la objeción que presenta Pablo en 3.5: “Pero si nuestra justicia pone de relieve la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Que Dios es injusto al descargar sobre nosotros su ira? (Hablo en términos humanos)”. La injusticia humana hace resaltar la justicia divina, lo cual pareciera hacer de Dios un ser injusto y arbitrario. Este razonamiento, como el propio Pablo aclara, es humano, “muy acrítico, demasiado lineal” porque Dios no es un objeto más entre otros objetos. Barth amplía: Si Dios, en el sentido de la objeción de 3,5, fuera un objeto entre objetos, si estuviera sometido a esa crisis, entonces, obviamente, él no sería Dios, sino que habría que buscar al verdadero Dios en el origen de esa crisis. [...] Pero el Dios verdadero es el origen –desprovisto de todo lo que tiene condición de objeto– de la crisis de todo lo que tiene condición de objeto, el Juez, el no-ser del mundo Esta manera de distinguir a Dios de los entes del mundo coincide con lo que expresaba Paul Tillich cuando cuestionaba el uso de la expresión “existencia de Dios”, explicando: “Se defina como se defina, la «existencia de Dios» contradice la idea de un fondo creador de esencia y existencia. El fondo del ser no puede formar parte de la totalidad de los seres [...]” Por eso, para Tillich, Dios es más bien “el fundamento del ser”. Con fuertes reminiscencias a Calvino, Barth dice luego: “Si cierto es que Dios no es mundo, tan cierto es que el hombre no puede añadir ni quitar nada con su obediencia ni con su mentira a la verdad y gloria de Dios”. Donde Barth mejor define el concepto de “justicia de Dios” es en la sección que titula: “Jesús (3,21.26)”. Hace énfasis en la expresión con que comienza el texto paulino: “Pero ahora”. Esta referencia es, para Barth, una vez más un enfoque dialéctico: El tiempo atemporal, el lugar no espacial, la posibilidad imposible, la luz de la luz increada caracterizan pues, al «pero ahora» con el que se fundamenta a sí mismo el mensaje del cambio, del cercano reino de Dios, del sí en el no, de la salvación en el mundo, de la absolución en la condena, de la eternidad en el tiempo, de la vida en la muerte. «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido.» Habla Dios. Y se llega a la expresión “se ha manifestado la justicia de Dios” (3.21) central en el desarrollo de la carta, en el comentario de Barth y en nuestro análisis. Al respecto, Barth considera que la justicia de Dios dice que él es el que es. “Es justicia de Dios en el ropaje con que ella se presenta al no creyente que debe oír el No divino como No”. Este No divino se corresponde con la ira de Dios, ya expuesta en 1.18, y surge como tal a partir de la falta de fe de los seres humanos. Pero no es la intención de Dios pronunciar un No a ellos, porque: “Dios es el que es, el Creador del mundo, el Señor de todas las cosas; es Sí, no es No. Dios pronuncia ese Sí. Hace valer su derecho, el derecho permanente, definitivo, último y decisivo al mundo”. En esta sección, Barth muestra la influencia de Lutero en su comentario. Hay varios aspectos que definen esta justicia de Dios. Ella es: a pesar de todo, perdón, cambio radical, justitia forensis, justitia aliena, autoliberación de la verdad, estar en el aire, relación positiva. Dice: “La justicia de Dios es el ¡A pesar de todo! Con el que Dios se declara nuestro Dios y nos considera suyos”. “La justicia de Dios es perdón, cambio radical de la relación entre Dios y el hombre [...]” “La justicia de Dios es justitia forense, justitia aliena: habla el Juez que está vinculado única y exclusivamente a su propio derecho”. El sentido en el que la justicia de Dios es autoliberación de la verdad, lo conecta Barth con la expresión de 1.18, es decir, la verdad de Dios había sido encadenada por la injusticia humana. En cuanto a “estar en el aire”, se trata de una metáfora que significa que esa justicia está fuera de todas nuestras posibilidades. Finalmente, la relación positiva significa: “Eso es justicia de Dios, relación positiva de Dios y de los hombres. Y «de este artículo no es posible moverse ni dimitir aunque caigan cielo y tierra» (Lutero)”. Muy cercano a estas definiciones de la justicia de Dios, Barth se refiere luego a la manifestación de esa justicia que tiene su centro en la fidelidad de Dios expresada en Jesucristo. La justicia de Dios se manifiesta «mediante su fidelidad en Jesucristo». Fidelidad de Dios es aquel persistir divino en virtud del cual existen en muchos puntos dispersos de la historia posibilidades, oportunidades, testimonios para el conocimiento de su justicia. [...] Cristo es el contenido de ese conocimiento: la justicia de Dios mismo.Insistiendo en su enfoque dialéctico, Barth dice que la revelación de Dios, que es Jesucristo, es el mayor encubrimiento y disfraz imaginable de Dios. Y ello porque: “Revelado en Jesús, Dios se convierte en escándalo para los judíos y en locura para los creyentes”.43 Y es allí donde cita la frase de Kierkegaard en la cual el pensador danés dice que si quitamos la posibilidad de escándalo, eliminamos el cristianismo. La fe en Jesús es totalmente radical, al punto de ser un “a pesar de”. Más adelante Barth citará el famoso axioma atribuido a Tertuliano: credo quia absurdum.44 Barth adhiere sin reservas al postulado de la Reforma: “«Sola fide», sólo mediante la fe está el hombre ante Dios, es movido por él.”45 También pone énfasis en el enfoque forense de la justificación por la fe. Dice: “Esta declaración es forense, es un veredicto sin causa ni condiciones, basado en Dios mismo; es creatio ex nihilo, un crear de la nada”.46 A modo de conclusión de su comentario a Romanos 3, Barth muestra cómo los opuestos pueden ser reconciliados en Jesucristo: Al separarse nítidamente en Jesús tiempo y eternidad, justicia humana y justicia divina, el más acá y el más allá, están unidas también en Dios, unidas con nitidez. [...] todo ser ahí y ser-así del mundo, y, en cuanto tal, es también carencia, insuficiencia, cavidad y nostalgia. Pero, al reconocer esto como tal, resplandece sobre ello la fidelidad de Dios que absuelve condenando, da vida matando y dice Sí donde tan sólo es audible su No. En Jesús se conoce a Dios como Dios desconocido. Observaciones críticas El carácter dialéctico de la justicia es expuesto claramente por Barth a través de un método dialéctico, entendido como la oposición entre justicia humana y justicia divina que, a manera de tesis y antítesis, es expuesta en los binomios: crisis humana vs. justicia de Dios, encubrimiento de Dios vs. revelación de Dios, fracaso humano vs. victoria de Dios, No divino vs. Sí divino, injusticia en el tiempo humano vs. justicia en el tiempo “atemporal” de Dios, condena del mundo vs. salvación del mundo. La justicia humana y la justicia de Dios aparecen contrapuestas de un modo rotundo, toda vez que la primera sólo puede terminar en fracaso ya que toda justicia humana tambalea ante la justicia de Dios y se muestra en crisis. Dios, para Barth, no puede ser ubicado dentro de los entes de este mundo. Él es el totalmente otro que trasciende toda realidad del mundo. Barth se mueve dentro de una clara tradición reformada, que está representada por Calvino pero, sobre todo, por Lutero. Concibe la justicia de Dios como justicia forense, como el “a pesar de”, como lo impensable, como lo milagroso. Se hace eco de expresiones muy propias de Lutero como cuando habla de la justicia de Dios como una justicia aliena, ajena a nuestra propia realidad finita de criaturas, como la nueva creación de la nada, como la imputación de la justicia de Dios al que cree. El énfasis de Barth en la fe no puede ser más rotundo ya que cita una y otra vez la expresión de la Reforma: sola fide. Aunque Barth reconoce ciertos destellos de la revelación de Dios que ha dejado un cráter o un canal a modo de huellas de lo divino, ese canal a través del cual en otro tiempo fluyó el agua viva de la fe, ahora está seco y sólo es una referencia a Dios en la crisis del ser humano y del mundo. En algunas secciones pareciera que Barth mezcla los contextos de la justicia humana y la justicia divina porque el tenor general del capítulo 2 de Romanos no habla tanto de la justicia de Dios sino del intento del judío por autojustificarse, fuera de la referencia a la fe en Jesucristo. Barth, no obstante, aplica algunos de esos textos a la justicia que viene de Dios. Su exposición del capítulo 3 es más coherente con el contexto. Allí es donde define a la justicia de Dios como justicia “¡A pesar de todo!”, justicia forense, autoliberación de la verdad, un “estar en el aire”, una relación positiva de Dios y los seres humanos, la manifestación de Dios, la consumación de toda la promesa y la actuación de la fidelidad de Dios. Sobre todas las cosas, Jesucristo es quien supera la antítesis entre tiempo y eternidad, justicia humana y justicia divina, el más acá y el más allá, el ser-ahí y el ser-así del mundo. Él es el Sí de Dios donde tan sólo es audible su No. En toda la exposición de Barth en esta primera edición de su comentario, está presente casi en cada página la figura de Sören Kierkegaard. Es el primer autor que cita en el comienzo de su comentario: “La vocación al apostolado es un hecho paradójico que en el primer instante de su vida y en el último cae fuera de su identidad personal consigo mismo”.49 Barth recuerda al lector que, como decía el pensador danés, Dios está en el cielo y nosotros en la tierra y que, por lo tanto, hay una diferencia ontológica y cualitativa entre Dios creador y nosotros criaturas. Una y otra vez cita la expresión de Kierkegaard aunque no mencione su autor. Por caso: “Entonces ella es, de nuevo, la soberbia, la arrogancia que desconoce la distancia existente entre Dios y el hombre, que entronizará infaliblemente al no dios”.50 Y, más allá de otro recurso tan kierkegaardiano como “la paradoja”, lo que interesa a Barth es lo particular antes que lo universal. Hablar no tanto de la humanidad y de la divinidad, sino de “éste hombre” y “éste Dios”.51 El Dios que nos ha salido al encuentro con su revelación y su redención que, en Romanos, se expresa a través de la justificación por la fe. Finalmente, hay dos aspectos negativos en la exposición de Barth sobre el tema del juicio y la justicia de Dios. En cuanto a lo primero, si bien dice que el juicio de Dios se refiere a la totalidad del mundo, no explica en qué sentido lo es, transitando un camino muy parecido al liberalismo al cual Barth intenta rechazar. Para ser más claros: todavía permanece en el lenguaje de Barth cierta tendencia intimista, de la relación Dios-individuo. Si bien el mundo también entra en consideración, Barth no alcanza a reflexionar sobre la dimensión que ese mensaje tiene, efectivamente, para el mundo. En cuanto a la justicia de Dios y, en estrecha vinculación con lo anterior, llama la atención que no exponga en forma clara y, aunque más no sea concisa, los alcances sociales y políticos de esa justicia. En las páginas analizadas, toda vez que aparece la expresión “justicia de Dios” siempre es conectada con la salvación del ser humano pero en vano buscaremos una referencia a las dimensiones sociales y políticas de esa justicia. Ni siquiera cuando Pablo “define” al Reino de Dios como “justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (14.17), Barth no comenta nada más allá que esto: “¿Nos guía el afán de obrar «justicia, paz y alegría» cuando demostramos nuestra fortaleza, o se reduce todo a comer y beber?” Tal vez él mismo ha sido influido demasiado por la genial metáfora geométrica de la tangente y el mundo. Dice Barth que la resurrección de los muertos es la revelación de Dios, el descubrimiento de Jesús como el Cristo. Y entonces agrega: “En la resurrección, el nuevo mundo del Espíritu Santo toca al viejo mundo de la carne. Pero lo toca como la tangente a un círculo, sin tocarlo; y al no tocarlo lo toca como su delimitación, como nuevo mundo”. En este planteo, comenta Gesteira Garza, “Dios queda, pues, prácticamente fuera del espacio y el tiempo, como un mero punto tangencial en la historia; no como una secante que incide en el círculo de la historia cortándola en dos puntos, el de entrada (encarnación) y el de salida (resurrección)”.54 Esta ausencia en el comentario temprano de Barth a Romanos debe ser matizado con el hecho de que hay muchos otros textos55 que producirá el teólogo 52 Ibíd., 593. Cursivas originales. También en los primeros tramos del comentario al capítulo 1, Barth traslada la reflexión de la justicia al mundo venidero: «esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en los cuales habita la justicia». Conocemos la fidelidad de Dios en que hemos sido trasladados a esa esfera. El propio Gesteira Garza reconoce que ya en el Esbozo de Dogmática de 1927 (se publicó en castellano por primera vez en Buenos Aires en 1954, a través de La Aurora bajo el título Bosquejo de Dogmática) punto de partida para la posterior Kirchliche Dogmatik, “la encarnación y la revelación de Dios en Cristo, ya no quedan tangentes a la historia sino que entran en ella, aunque esto sólo acaezca en la historia primordial de Cristo, donde la revelación deviene acontecimiento histórico”. Ibíd., 20. Cursivas originales. La sección de de la Kirchliche Dogmatik donde Barth desarrolla sistemáticamente el tema de la justificación por lafe es el vol. IV, tomo 1, § 61. Para un análisis de las dimensiones sociales y políticas de la teología de Barth véanse: del propio Barth, Comunidad cristiana y comunidad civil (Barcelona: Morava-Fontanella, 1976) que, en muchos sentidos, es una ampliación de las famosas “tesis de Barmen” en las cuales la Iglesia confesante fijó su posición crítica al nazismo; la introducción a la versión en inglés de esa obra escrita por Hill Herberg, “The Social Philosophy of Karl Barth”, en Community, State, and Church (Garden City, Anchor Books, 1960), 11-67; donde el autor, si bien reconoce el aporte de Barth a la política, encuentra que la teología de Reinhold Niebuhr al tomar en serio la tensión entre el amor y la ley, produce un realismo político mucho más coherente que el de Barth; y, finalmente, Daniel Cornu, Karl Barth, Teólogo da Liberdade (Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1971) (original francés: Karl Barth et la politique, 1968) que ofrece un recorrido histórico del pensamiento y la praxis de Barth en el terreno político desde 1933 en adelante.

martes, 11 de octubre de 2011

1 Samuel – resumen


Por L M Grant


"Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón."
1 Samuel 16:7
Samuel es el primero de los profetas que fueron levantados por Dios debido al grave fracaso del sacerdocio. Los sacerdotes eran sucesorios, no así los profetas; el de ellos era un llamamiento estrictamente personal de Dios. Pero el fiel cuidado de Samuel para con Israel no fue correctamente apreciado, y ellos exigieron un rey. Dios les permitió su propio camino, y les dio la clase de rey que ellos desearon, Saúl, quien de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo. Él comenzó bien, pero decayó rápidamente en todo propósito de obedecer a Dios; y Dios decretó en el capítulo 15:26 que su reinado debía cesar.

En el capítulo 16, David fue ungido rey por Samuel, aunque aún no asumió el trono; porque Dios, le permitió a Saúl ocuparlo por algún tiempo. Saúl se volvió con fiereza contra David, determinado a matarle. En esto David es un tipo de Cristo, ungido como el rey de Dios, sufriendo el rechazo, esperando pacientemente el tiempo en que Dios mismo ordenará de tal forma los eventos que él podrá asumir el trono.

Así Dios permite en el presente a los gobiernos humanos su dominio, mientras que Él ha determinado que sólo a Cristo se le puede confiar el lugar de autoridad soberana en el mundo. El libro finaliza con la triste historia de la muerte de Saúl y sus hijos. No se puede permitir que el hombre en la carne permanezca.

L M Grant

Iª SAMUEL: LA MUERTE DE LA CARNE
por Ray C. Stedman

 El Antiguo Testamento resulta maravillosamente claro a la hora de presentar estudios de personas o de grupos que llevan una vida normal o fuera de lo normal. Cualquiera que haya hecho un curso en psicología sabe que en el texto los estudios de personas o grupos sirven para ilustrar los principios que están siendo enseñados, en términos de personas o de incidentes reales y todo el Antiguo Testamento es así. Está lleno de los más fascinantes estudios de casos que sirven de ejemplo de los principios que Dios quiere que conozcamos. Sin embargo, en algunas ocasiones se encuentran ocultos como enigmas. Si le gustan a usted los criptogramas, los crucigramas y las adivinanzas, disfrutará usted descubriendo estas verdades del Antiguo Testamento. Habrá leído usted su Biblia (al menos en sentido figurado) con el Antiguo Testamento en una mano y el Nuevo en la otra, comparándolos todo el tiempo con su mente. En ellos se encontrará usted y el estudio de su propio caso reflejado.

 Primera de Samuel es la historia de dos hombres, de Saúl y de David. Estos dos hombres nos sirven de ejemplo para mostrarnos los dos principios que hay en el corazón de todo creyente que se esfuerza por andar en la presencia de Dios. Son los principios de la carne y de la fe. Saúl es el hombre que representa la carne y David el que representa la fe, el creyente carnal y el creyente espiritual. El hecho de que estos dos hombres fuesen reyes es un precioso ejemplo de la supremacía de la voluntad en la vida humana. Como muestra el libro de Ester, cada uno de nosotros es un rey sobre un reino y nuestra voluntad es suprema en nuestra vida y ni siquiera la transgrede la voluntad de Dios. Gobernamos sobre el reino de nuestra vida y nuestros asuntos, sobre las cosas que nos conciernen personalmente así como aquellas otras que tienen un impacto y ejercen una influencia sobre las vidas de otras personas. Por lo tanto, lo que usted, el rey, diga y haga, influencia todo el reino sobre el que usted reina.

 Estos dos reyes sirven de ejemplo de estos dos principios que están en conflicto en la vida de usted y en la mía. Saúl es un ejemplo de la ruina causada por la voluntad que depende de la carne. En David tenemos un precioso ejemplo de la bendición que produce la mente que actúa conforme al Espíritu. "Porque la intención de la carne es muerte, pero la intención del Espíritu es vida y paz. En 1ª de Samuel las vidas de estos dos hombres sirven de ejemplo de este conflicto.

 El libro comienza de hecho con la historia de un tercer hombre, de Samuel, que es la expresión humana de la voz de Dios hablándole tanto a Saúl como a David. (Usted y yo tenemos en nuestras vidas la expresión de la voluntad de Dios para nosotros por medio de su Palabra transmitida por aquellos hombres y dirigentes de iglesia que nos enseñan y nos explican la palabra. Dios nos habla de manera objetiva además de subjetiva. Samuel es una imagen de ello.) Estos tres hombres sirven para establecer las partes en que se divide este libro. Los primeros siete capítulos nos hablan acerca de la vida de Samuel. Los capítulos 8 al 15 son acerca del Rey Saúl, el hombre según la carne. De los capítulos 16 al 31, David, el hombre de fe, se destaca como ejemplo de la mente que descansa en el Espíritu.

 Samuel fue el último de los jueces y el primero de los profetas. Los acontecimientos que se mencionan en este libro tienen lugar después de que Israel ha estado viviendo trescientos o más años gobernada por los jueces. (Durante ese tiempo sucedió el episodio de Rut.) Samuel es el instrumento escogido por Dios para concluir el gobierno de los jueces e introducir el principio del ministerio profético y de la monarquía.

 El libro empieza con la maravillosa historia de Ana, una mujer estéril, esposa de Elcana. Este hombre tenía dos mujeres. La otra mujer era una mujer prolífica, que ridiculizaba y se burlaba de la esterilidad de Ana. La infertilidad de Ana es muy simbólica, al aparecer al principio mismo del libro, porque es un ejemplo del estado espiritual de Israel en esos momentos. El pueblo al que Dios se le había manifestado había caído en un estado de absoluta infertilidad e infructuosidad. El sacerdocio que había establecido Dios, junto con el tabernáculo y sus rituales, es decir, los medios de los que se podía valer el pueblo para tener acceso a él, estaba empezando a desaparecer.

 La causa de esta situación la encontramos en el cántico de Ana, después de que fuese contestada la oración que había hecho a Dios y de que le diese un hijo, llamado Samuel. Toda mujer debería memorizar este glorioso cántico. En él Ana es una imagen del problema del que se ocupa esencialmente el libro.


"No multipliques palabras altaneras: cesen en vuestra boca las palabras insolentes. Porque Jehová es un Dios de todo saber; por él son examinadas todas las acciones. Los arcos de los fuertes son quebrados, pero los que tropiezan se ciñen de poder."El resto del canto destaca de una manera magnifica la habilidad que tiene Dios para exaltar a los humildes y humillar a los orgullosos.

 En este libro se destacan el eterno conflicto entre el corazón orgulloso, que confía en sí mismo y en su habilidad para resolver las cosas, y el espíritu humilde que espera en Dios, dependiendo enteramente de él, recibiendo toda la plenitud de su divina bendición. Ese era el problema que tenía Israel. El sacerdocio estaba fallando, no porque hubiese algo de malo en el sacerdocio (que no era otra cosa que la imagen del ministerio del Señor Jesucristo), sino porque el pueblo se negaba a inclinarse ante el Señor. Se negó a buscar ser limpios y a dejar atrás su adoración a los ídolos. Como resultado de ello, su acceso a Dios fue eliminado. Por lo tanto, el sacerdocio estaba a punto de desaparecer de la escena como un medio efectivo de meditación entre el pueblo y Dios.

 Al llegar a este punto nos encontramos con el relato, que conocemos tan bien, del nacimiento y la infancia de Samuel. Cuando Samuel no es más que un muchachito, le llevan al templo y es dedicado a Dios, convirtiéndose en la voz de Elí, el sacerdote, y recibiendo un mensaje de juicio. Más adelante se convierte en la voz de Dios ante la nación, en especial los dos reyes, Saúl y David. Los primeros siete capítulos nos cuentan la historia acerca del deterioro de Israel. El arca de Dios, aquel lugar donde Dios mismo escribió su nombre y donde moraba su presencia, fue llevada cautiva por los filisteos, que se la llevaron a su propio país. Debido a que Eli el sacerdote, no consiguió que sus hijos le obedeciesen (que es una poderosa palabra de advertencia acerca de la actual delincuencia juvenil), y a pesar de que su corazón era recto, es eliminado del sacerdocio. Y cuando nace el nieto de Eli, su madre le pone el nombre de Icabod, que quiere decir "gloria desaparecida. Aquí Israel llega a uno de sus estados más bajo de toda su historia nacional.

 Entonces es cuando aparece en escena el Rey Saúl. En el capítulo 8, versículos 4 y 5, el pueblo exige que les sea dado un rey, como tienen otras naciones:

"Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y fueron a Samuel, en Ramá, y le dijeron: --He aquí que tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos. Por eso, constitúyenos ahora un rey que nos gobierne, como tienen todas las naciones."El principio de la carne está manifestándose en la nación de Israel para destruir su comunión, la relación que tiene con Dios y su disfrute de su bendición. El mismo principio se halla entrelazado en la vida de cada cristiano, y puede expresarse de muy diversas maneras, que están claramente indicadas en todo este libro. La primera es que les sea concedida autoridad como al resto de las naciones. En otras palabras, que pueda seguir adelante con sus asuntos como lo hace el resto del mundo. Si nuestra mente la tenemos puesta en la carne, deseamos interponer el principio de la perspicacia en los negocios en todo lo relacionado con la iglesia, deseando adoptar las tácticas de venta del mundo, sin confiar en la estrategia del Espíritu Santo, sino nombrando un comité que planee un programa y entonces le pedimos a Dios que intervenga, lo bendiga y haga que funcione, aunque es nuestro programa en lugar de ser el suyo. Este principio está siempre funcionando, reflejado en el rechazo, por parte de Israel, de la autoridad y la soberanía de Dios y su deseo de ser gobernada como todas las demás naciones.

 Ahora bien, esta petición fue concedida por Dios. Samuel se mostró disgustado cuando le pidieron un rey, porque sabía que ese no era el programa de Dios, de modo que oró al Señor y él le dijo a Samuel:

"Y Jehová le dijo: --Escucha la voz del pueblo en todo lo que te diga, porque no es a ti a quien han desechado. Es a mí a quien han desechado, para que no reine sobre ellos. De la misma manera que han hecho conmigo desde el día en que los saqué de Egipto hasta el día de hoy, abandonándome y sirviendo a otros dioses, así hacen conmigo también. Ahora pues, escucha su voz, pero adviérteles solemnemente y declárales cuál será el proceder del rey que ha de reinar sobre ellos." (1ª Sam. 8:7-9)Así es como actúa siempre Dios. Creo que una de las más importantes lecciones que podemos aprender acerca de Dios es que cuando queremos algo con suficiente desesperación, nos lo concede, pero al mismo tiempo debemos de estar listos para afrontar las consecuencias. Esto se aplica a todo en la vida, ¿no es así? Supongamos que tengo delante de mi dos vasos de líquido y los dos parecen agua. Uno de ellos es, efectivamente agua, pero el otro es veneno. Tengo que decidir entre beberme el veneno o el agua. Si opto por beberme el veneno, ya no tendré influencia alguna sobre lo que suceda y los resultados serán inevitables. Una vez que haya decidido, tendré que aceptar los acontecimientos que tengan lugar a continuación. Por todas las Escrituras nos encontramos con que así es como Dios trata a los hombres. Si queremos algo con verdadera desesperación, podemos tenerlo. Pero cuando lo consigamos, no lo querremos. Si empezamos a tener hambre, sed y a anhelar lo que deseamos, como sucedió con este pueblo, en lugar de confiar en que Dios nos de lo que necesitamos, descubriremos que lo que deseábamos ya no es lo que queremos. Nuestro único recurso es volver a Dios, arrepentidos, y pedirle que nos dé lo que necesitamos.

 No olvidaré nunca haber oído contar al Dr. Ironside acerca de un incidente en la vida del Dr. William Evans de la Iglesia Presbiteriana de Hollywood. Su pequeña, que tenía unos ocho años de edad, vino a casa y le dijo a su padre: "Papá, quiero comprar unos patines en línea. Los demás niños tienen patines de rodamiento y eso es lo que yo quiero. A lo que él le contestó: "pero querida, si tienes ya unos patines. La niña le dijo: "Sí, ya lo sé papá, pero no son patines con las ruedas en línea, son con ruedas normales y no van tan rápido como los otros. El era un pastor y sus ingresos no eran muy generosos, de modo que le contestó a su hija: "Cariño, me temo que tendrás que arreglarte con los que tienes. No podemos costear comprar otros en estos momentos. Pero ella no estaba dispuesta a dejarle en paz. Esa noche cuando él volvió a casa de su trabajo, se encontró una nota sobre su mesa de trabajo que decía: "querido papá, sigo queriendo los patines con las ruedas en línea. Cuando se fue a acostar, había otra nota sobre su almohada, que decía: "papa, ¿me compras los patines con las ruedas en línea?

 Pues bien, él hizo lo que hubiésemos hecho nosotros; se las arregló para reunir el dinero y le compró los patines con las ruedas en línea y cuando se los dio a su hija, esta se mostró encantada. Abrazó a su padre, le besó y le dio las gracias. Entonces se puso sus patines y se dirigió hacia la puerta y se marchó patinando por la acera dando la vuelta a la esquina. Esa fue la última vez que la vieron bien y con vida. Al dar la vuelta a la esquina, resbaló, se cayó y se golpeó la cabeza contra la acera. La llevaron a su casa en estado de coma y murió en el hospital antes de que anocheciese. "Desde entonces, dijo el Dr. Evans, "cuando quiero que Dios me dé algo y me da la impresión de que no está dispuesto a darme lo que le estoy pidiendo a gritos, el Espíritu me recuerda:

 "¿Estás pidiendo unos patines en línea? Eso fue lo que sucedió en Israel y sigue siendo el mismo principio que se aplica hoy a nuestras vidas.

 A continuación nos encontramos con la impresionante historia de Saúl. Es el relato fascinante de un joven, como tantos jóvenes de hoy en día, que vivía teniéndole sin cuidado y sin ningún interés en lo que Dios pudiera desear para él. Estaba muy ocupado participando en el negocio de los burros con su padre y los burros requieren muchos cuidados. Samuel estaba gobernando y juzgando a la nación y a ellos les complacía dejar que él se hiciese responsable porque Saúl y su padre estaban demasiado ocupados con el negocio de los borricos. Es maravilloso poder seguir el curso de lo que hizo Dios con este hombre y de qué modo se manifestó a él. Aquí tenemos el caso de un joven que elimina a Dios de sus pensamientos, que no tiene tiempo para él ni ningún interés auténtico en él. Todos conocemos a personas como Saúl. ¿Cómo cree usted que Dios tocó su vida? La verdad es que hizo lo que era perfectamente evidente. El mismo se metió en el negocio de los burros, hizo que se perdieran los burros de Saúl. Cuando estos se extraviaron, Saúl se mostró irritado y ni siquiera se le pasó por la mente que Dios pudiera tener algo que ver en el asunto. Lo único que se le ocurrió fue que era posible que alguien hubiese dejado la verja por la que salían a pastar abierta, por lo que salió en busca de los borriquillos.

 Después de una prolongada e infructuosa búsqueda, llegó a la ciudad en la que vivía Samuel. En el capítulo 5 vemos que está a punto de darse por vencido y regresar a su casa, cuando su criado le dijo: "Vayamos y preguntemos al hombre de Dios, que vive aquí, dónde están los burros. Saúl no se mostró muy entusiasmado con aquella idea. De hecho, lo que quería era mantenerse lo más alejado posible del profeta, porque los profetas eran personas muy inquietantes, y lo que deseaba era regresar a su casa, pero el criado prevaleció sobre él para que fuese a ver a Samuel, y ante la sorpresa de Saúl, Samuel le estaba esperando. Dios le había dicho el día anterior a Samuel que vendría a su puerta un joven llamado Saúl y Samuel le tenía preparada una buena cena para Saúl y sus sedientos invitados y Saúl, ante su consternación, era su invitado de honor y apenas si sabía lo que estaba sucediendo. Los dichosos burros le habían metido en aquel lío y lo que quería era salir de él tan pronto como fuese posible, pero Samuel le cogió a un lado cuando acabaron de cenar y le anunció algo realmente asombroso:

  "Dios te ha ungido le dijo Samuel, "para ser rey de Israel. (10:1)

 Saúl había salido con el propósito de buscar a los borriquillos y había acabado como rey de Israel y no tenía el más mínimo interés en el trabajo, pero Samuel le dijo que Dios le enviaría tres señales de que estaría con él, y luego le envió a casa. Y claro, aquellas señales se cumplieron: una, dos y tres. La primera era que se encontraría con un grupo de profetas y el Espíritu de Dios se posaría sobre él y comenzaría a profetizar. Cuando Saúl comenzó a profetizar juntamente con los demás estudiantes del seminario, es decir, todos aquellos que asistían a la escuela de los profetas, se corrió la voz por toda Israel y la gente decía: "¿Acaso el hijo de Quis es también uno de los profetas? (10:11) Cuando Saúl iba hacia su casa se encontró con su tío, que le dijo: "¿Qué ha estado sucediendo? A lo que Saúl le contestó: "Salí en busca de los burros y me encontré con Samuel y me dijo que los burros estaban a salvo en casa. (10:14-16) No le dijo ni una palabra acerca de la unción ni la nueva comisión que le había encomendado Dios. Saúl quería sacarle el máximo provecho a su vida y no tenía el más mínimo interés en lo que Dios pudiera desear que hiciese, a menos que pudiera valerse de Dios para llevar a cabo sus propios propósitos, de modo que no le dijo nada. Pero Samuel no había acabado con él. Le dijo al pueblo de Israel que Dios había escuchado la petición de ellos y les iba a dar un rey, de acuerdo con sus deseos. Samuel reúne a todo el pueblo con el fin de echar suertes para escoger un rey. La suerte es echada para empezar sobre las tribus y cae sobre la de Benjamin. A continuación sobre el grupo familiar y recae sobre la familia de Quis y a continuación sobre las diferentes personas y recae sobre Saúl.

  Entonces todo el pueblo comenzó a preguntar: ¿Dónde está Saúl? Nadie podía encontrarle en ninguna parte y finalmente el Señor dijo: "Se ha ocultado entre los equipajes. Y allí fue donde le encontraron.
¿Por qué se había ocultado? ¿Era debido a que era tan modesto que no quería que nadie organizase ninguna celebración por su causa? ¿Podía ser debido a que era tímido y apocado? No, el relato indica que Saúl se había ocultado porque le resultaba bastante inconveniente hacer lo que Dios deseaba que hiciese. Quería vivir su propia vida a su manera y estaba intentando alejarse del llamamiento de Dios.

 Pero Dios le había llamado y fue coronado rey. Al hallarse en medio de todo aquel pueblo este prorrumpió en gritos diciendo: "¡Mirad qué rey tenemos! Tenía la estampa misma de un rey: su cabeza y sus hombros se erguían por encima de los demás hombres, era un hombre de lo más apuesto, un joven muy sabio en muchos sentidos, justo a la hora de impartir justicia, pero en aquellos momentos tenían problemas con los amonitas que se encontraban al norte. Saúl manda a convocar a todo el pueblo para que se reúnan y ante su gran satisfacción, treinta y seis mil personas responden a su llamamiento. Todos juntos se dirigen hacia donde se encuentran los amonitas y los destruyen, consiguiendo una gran victoria. Y Saúl empieza a sentir que ese asunto de servir a Dios posiblemente no esté tan mal y hasta era posible que lo pudiera usar para su propio beneficio. Pero la próxima batalla con la que se enfrenta es con los filisteos. Sucedía que los filisteos no eran sencillamente una tribu, que fuese poderosa solo en su propio territorio limitado, como había sucedido con los amonitas, sino que Saúl se tiene que enfrentar con una nación que era equivalente a la Unión Soviética o los Estados Unidos, una de las principales potencias mundiales. Al enterarse los filisteos de la pequeña dificultad con que Jonathán, el hijo de Saúl, había causado al derrotar a su ejército en Gaba, reunieron a treinta mil cuadrigas de hierro, seis mil hombres de a caballo y una multitud de gente tan enorme que ni siquiera los propios filisteos podían contarlas.

 Cuando Saúl miró por la ventana y vio a aquella horda de personas que avanzaban hacia él, se dio cuenta de que su labor como rey no era tan fascinante como había pensado. De modo que volvió a mandar recado de nuevo por toda Israel, esperando que su pueblo le apoyase como lo había hecho con anterioridad. Esperó y esperó, y por fin aparecieron mil personas y luego otras mil y otras mil. Sucedía que aquellas eran las tres mil tropas que él había seleccionado ya y esperaba que viniesen más, pero no fue así. Comparó entonces aquellos tres mil que no eran nada en comparación con la multitud y la tremenda fuerza con que contaban los filisteos y mandó llamar a Samuel, que le dijo que le esperase en Gilgal mientras él ofrecía un holocausto al Señor. El hombre carnal depende de sus propios recursos hasta que se mete en problemas y entonces es cuando clama al Señor, pidiendo su ayuda. Pero como siempre, Dios le llevaba la delantera a Saúl y Samuel se demoró en regresar.

 Mientras Saúl esperaba, no hacía más que ver como sus soldados se iban marchando uno por uno, regresando a sus casas, de manera que los tres mil soldados quedaron reducidos a dos mil y luego a mil, hasta que por fin no le quedaron más que 600 hombres. Para entonces, Saúl estaba desesperado y cuando, después de cinco o seis días, Samuel no hubo regresado, Saúl decidió él mismo ofrecer un holocausto. En cuanto hubo acabado, apareció Samuel en escena. El anciano profeta tenía una expresión muy seria al decirle: "¿Qué has estado haciendo? a lo que Saúl le contestó: "Bueno, te he estado esperando, pero cuando vi que los hombres regresaban a sus casas, pensé que debía hacer algo, de modo que finalmente me obligué a mi mismo a ofrecer el holocausto. Sabía que no podíamos atrevernos a salir a la batalla sin hacer antes esta clase de ritual y como no estabas aquí, lo hice yo mismo. (13:12) Cuando lo oyó, Samuel le dijo a Saúl:


"Pero ahora tu reino no será duradero, Jehová se ha buscado un hombre según su corazón, a quien Jehová ha designado como el soberano de su pueblo, porque tú no has guardado lo que Jehová te mandó." (13:14)De este modo fue profetizado que a Saúl le arrebatarían el reino.

 Al seguir leyendo, nos encontramos con que Dios concedió una gran victoria, gracias a la fe de Jonathán, y libró a su pueblo de la enorme horda de los filisteos. Cuando se hubo por fin ganado la batalla, Saúl construyó un altar.

 Es el primer altar que se nos dice concretamente que edificó jamás el rey Saúl. Aquí tenemos el caso de un hombre que cree que lo único que se necesitan son las señales externas de la fe. Si se cumplen los rituales externos, si se es miembro de una iglesia, si se cantan los himnos, si se dicen las cosas apropiadas, si se confiesa el credo correcto, es todo cuanto Dios espera. Ese es el principio del hombre carnal, pero Dios nos dice que cuando actuamos conforme a esa base, él nos quita el dominio sobre nuestra propia vida y ya no podemos seguir teniendo autoridad sobre nuestro reino, sino que nos convertimos en esclavos de una fuerza inexorable que nos destroza y que nos tiene sometidos a ella. Eso es lo que descubre antes o después todo aquel que vive conforme a la carne. Cuando cedemos a aquello a lo que obedecemos, como dijo Pablo en Romanos, nos convertimos en esclavos de esa cosa (Rom. 6:16) y eso fue precisamente lo que le pasó a Saúl. Después de haber edificado un altar, Dios hace que caiga sobre sus rodillas y le concede una última oportunidad. Al principio del capítulo 15 dice:

"Samuel dijo a Saúl: --Jehová me envió para ungirte como rey de su pueblo Israel. Escucha, pues, ahora las palabras de Jehová. Así ha dicho Jehová de los Ejércitos: Yo castigaré a Amalec por lo que hizo a Israel, porque se le opuso en el camino cuando subía a Egipto. Ve ahora y ataca a Amalec, destruye completamente todo lo que le pertenece. No le perdones la vida; mata a hombres y mujeres, a niños y a bebés, vacas y ovejas, camellos y asnos."Esta era la última oportunidad de Saúl, porque si Saúl hubiese obedecido a este mandamiento, hubiera demostrado que estaba dispuesto a permitir que la cruz realizase su obra en contra de la carne, crucificándola y haciéndola morir. Amalec es una imagen, en todas las Escrituras, del principio de la carne que se opone a las cosas de Dios. Amalec era aquel pueblo acerca del cual Moisés le había dicho a Israel: "Por cuanto alzó su mano contra el trono de Jehová, Jehová tendrá guerra contra Amalec de generación en generación. (Exo. 17:16) Y a Saúl le fue dada esta remisión que cumplir, pero ¿la cumplió?

"Y Saúl derrotó a los amalequitas desde Havila hasta las inmediaciones de Shur, al este de Egipto. Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, y destruyó a filo de espada a todo el pueblo. Sin embargo, Saúl y el pueblo perdonaron la vida a Agag, a lo mejor de las ovejas y de las vacas y de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, lo cual no quisieron destruir. Pero destruyeron todo lo despreciable y sin valor." (15:7-9)¿Despreciable en opinión de quién? Me pregunto si lo que deseaba salvar Saúl no serían los burros. Después de todo, apreciaba los animales de la granja y probablemente razonaría diciendo: "¿Por qué hemos de destruir a estos animales que son perfectamente buenos? Pretendió hallar algo bueno en lo que Dios había declarado totalmente malo. Pablo escribe diciendo que debemos "despojarnos de la antigua naturaleza con sus prácticas, como son los celos, la perversidad, la amargura, la envidia, la ira, la intemperancia, el egoísmo y todas estas cosas. (Col. 3:9) Pero la mente carnal dice: "Vale la pena conservar algunas de estas cosas. Difícilmente puedo ser una verdadera personalidad si no conservo un genio vivo y si de vez en cuando no puedo reprender a la gente.

De modo que pretendemos hallar el bien en aquello que Dios ha declarado malo.
El resultado fue que Samuel vino a Saúl y le preguntó: "¿Cómo has estado? a lo que este le contestó: "De maravilla. He hecho todo lo que me dijo el Señor, he matado a los amalequitas y lo he destruido todo, tal y como me dijo el Señor que lo hiciese. Samuel aguzó el oído y dijo: "¿Qué es lo que oigo? ¿Qué es ese sonido de balidos y mugidos que oigo por la ventana? ¿Por qué están ahí fuera esos animales? Saúl le contestó: "Bueno, es cierto que he salvado la vida a unos pocos, pensé que a Dios le complacería si se los dedicaba a él. Esta es una excusa que usamos ¿no es cierto? Lo que deseamos conservar, pretendemos dedicárselo a Dios y fue la misma treta que también usó Saúl.

"Samuel dijo: --Aunque eres insignificante ante tus propios ojos, ¿no fuiste hecho cabeza de las tribus de Israel? ¿No te ha ungido Jehová como rey sobre Israel? Jehová te ha encomendado una misión y te ha dicho: Ve y destruye completamente a estos pecadores de Amalec. Hazles la guerra hasta que los extermines., ¿Por qué, pues, no has obedecido la voz de Jehová? ¿Por qué te lanzaste sobre el botín e hiciste lo malo ante los ojos de Jehová?....¿Se complace tanto Jehová en los holocaustos y los sacrificios como en que la palabra de Jehová sea obedecida? Ciertamente el obedecer es mejor que el sebo de los carneros. Porque la rebeldía es como el pecado de adivinación, y la obstinación es como la iniquidad de la idolatría. Por cuanto tú has desechado la palabra de Jehová, él también te ha desechado a ti, para que no seas rey." (15:17-23)Ningún hombre puede caminar en la autoridad y la libertad que Dios ha deseado para sus hijos, si rechaza la autoridad del Espíritu de Dios en su vida y esa es principalmente la historia de Saúl.

 La historia de David, que empieza en el capítulo 16, es el relato de un hombre conforme al corazón de Dios. En esta historia de David nos encontramos con lecciones de gran valor, como su rechazo y su exilio. Fue escogido entre los ocho hijos de Isaí. Los siete hijos mayores pasaron ante Samuel y cada uno de ellos parecía un futuro rey hasta que Dios le dijo a Samuel: "este no es el que yo he escogido. Finalmente apareció el más joven, que era el más enjuto, que se llamaba David y Dios puso su sello sobre él. Dios no había basado su elección en el aspecto exterior, sino que había mirado el corazón del joven.

 David no ocupó el trono de inmediato, como sucedió en el caso de Saúl, sino que fue sometido a prueba y tuvo que enfrentarse con la adversidad. Este es el principio que sigue Dios con frecuencia y lo aplica al hombre que aprende a caminar según la fe. Tiene que pasar por un período de confusión, de prueba y de problemas. Parece como si todo fuese en su contra y por fin reconoce el gran principio mediante el cual Dios realiza siempre su actividad, que el hombre nada puede hacer por sí mismo, sino que debe de depender total y completamente de Dios, que mora en él. Eso fue lo que aprendió David cuando no era más que un pastorcillo, a fin de que pudiera decir: "Jehová es mi pastor; nada me faltará. En prados de tiernos pastos me hace descansar. Junto a aguas tranquilas me conduce. Confortará mi alma. (Salmos 23:1-3a).

 Nos encontramos con las pruebas por las que tiene que pasar David al hallarse cara a cara con el gigante Goliat. Israel se encontraba atemorizada y acobardada por aquel gigante que se paseaba de un sitio a otro entre los ejércitos, ridiculizando y burlándose de la impotencia de los israelitas y nadie se atrevía a hacerle nada. Aquel gigante se pavoneaba en su arrogante orgullo de arriba abajo, golpeándose el pecho y exigiendo que enviasen a alguien a pelear con él y nadie se atrevía a enfrentarse con él. Cuando David, un joven de corta estatura, llegó después de haber estado cuidando de sus rebaños, para llevarle la comida a sus hermanos, se encontró a todo el campamento de Israel sumido en la tristeza y la desesperación. Entonces se acercó y preguntó: "¿quién es este filisteo incircunciso para que desafíe a los escuadrones del Dios viviente? (17:26) Ese es siempre el punto de vista de la fe, que no se deja estremecer por las circunstancias.

 A Saúl le llega la noticia de aquel joven que estaba entre ellos y le pregunta a David qué quiere hacer. "Iré y pelearé con él le contesta. Saúl, pensando serle de ayuda, manda que le pongan una armadura a David. Saúl era casi medio metro más alto que David y una vez que se la puso David se encontró con que la armadura comenzaba a hacer sonidos mecánicos y a estorbarle. David intentó moverse con ella, pero no pudo dar un paso así que dijo: "traedme un abrelatas y sacadme de esto. A continuación David se fue hacia el arroyo y cogió cinco piedrecitas lisas.


¿Por qué cinco? Un poco más adelante, en 2ª de Samuel leeremos que Goliat tenía cuatro hermanos, por eso fue por lo que cogió cinco piedrecitas, ¡Estaba preparado para enfrentarse con toda la familia!


David salió, se colocó el tirachinas alrededor de la cabeza y Goliat cayó en tierra con el sonido de la piedra entre sus ojos. Alguien ha dicho que lo último que dijo fue: "nunca se me había metido nada semejante en la mente. El caso es que fue derrotado y David cogió la espada que había sido de Goliat y le cortó la cabeza con ella. ¡Qué imagen tan gloriosa de aquel que se enfrentó con el mayor enemigo de la humanidad y lo mató cara a cara con su propia espada. Leemos en Hebreos 2:14 que mediante la muerte el Señor Jesús destruyó al que tenía el poder de la muerte, al demonio. David se convierte aquí no solo en la imagen de Cristo, sino además del creyente que vive su vida para Cristo.


A este suceso le sigue el de los celos tan grandes que tenía Saúl de David. Desde el capítulo 18 en adelante leemos acerca de cómo persigue Saúl cada vez más a David, un ejemplo vivo del principio que expone Pablo en Gálatas, donde dice:



"Pero como en aquel tiempo, el que fue engendrado según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así es ahora también." (Gál. 4:29)

"Porque la carne desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu lo que es contrario a la carne...para que no hagáis lo que quisierais." (Gal. 5:17)De modo que Saúl estuvo persiguiendo a David e intentando matarle. Fue durante ese tiempo cuando escribió David tantos de sus salmos, esos maravillosos cánticos que hablan acerca de la fidelidad de Dios en medio de las situaciones más deprimentes. David se vio perseguido y finalmente exilado de la presencia de Saúl.

 En los capítulo 21 y 22 nos encontramos con la plenitud de Dios y su abundante provisión a David incluso en el exilio, al que le da los panes de la proposición del tabernáculo. Este pan, que representa la presencia de Dios, es una imagen de ese cuidado secreto que recibe todo aquel que pasa por problemas muy difíciles, pero que espera en Dios para que le libere. A los tales Dios les da del pan oculto, del pan de la misma mesa de la Cena del Señor. Jesús dijo: "yo soy el pan de vida (Juan 6:35). "Así como yo vivo por el Padre, de la misma manera el que me come también vivirá por mí. (Juan 6:57) Cuando David, el rey estuvo en el exilio, tuvo a un profeta, llamado Gad y a un sacerdote, llamado Abiatar, cuyos recursos estuvieron a su disposición a pesar de que le estaban intentando cazar como a un pájaro en las montañas, de la misma manera que cuando tiene usted problemas y no puede a duras penas arreglarlos, puede usted encontrar en Jesucristo (que es nuestro profeta, nuestro sacerdote y nuestro rey) todo cuanto es necesario para ayudarnos a vencer las dificultades gracias a la puerta que Dios nos abre y eso fue lo que le sucedió a David, que se negó a actuar por sí mismo. En dos ocasiones le perdonó la vida a Saúl al entregarle Dios en su mano. Dando muestras de un extraordinario espíritu de fidelidad, esperó a que Dios resolviese sus problemas.

 Al final del libro, nos encontramos con el fin de la carnalidad del hombre. Saúl se mete, por pura desesperación, en brujerías con el propósito de intentar leer la mente del Señor una vez que se hubo apartado de él el Espíritu de Dios. Aunque la brujería estaba totalmente prohibida al pueblo de Dios, Saúl llama a una bruja de Endor e intenta que ella llame al espíritu de Samuel. Dios anula esta orden y no envia a un espíritu que asumiese su personalidad, como esperaba la bruja que sucediese, sino al verdadero Samuel que le anuncia a Saúl su muerte inminente en el campo de batalla al día siguiente.

 Fiel a la profecía, Saúl y su hijo, Jonathán, el amigo del alma de David, mueren y David, que era un hombre de fe, en los primeros capítulos de 2ª de Samuel, les ensalza a ambos como hombres usados por Dios, a pesar de sus debilidades. La muerte de Saúl es un buen ejemplo de las Palabras de Pablo en 1ª de Corintios 3 acerca del creyente carnal y su obra: "Si la obra de alguien es quemada, él sufrirá pérdida; aunque él mismo será salvo, pero apenas, como por fuego.

 De este modo, Saúl se une a Samuel en la vida del mas allá, pero como uno cuya vida terrenal ha sido esencialmente desperdiciada y cuya oportunidad de servicio se verá en la gloria considerablemente disminuida.