miércoles, 13 de julio de 2011

Análisis del Libro de Romanos

Autor: El apóstol Pablo.
Destinatarios: Los cristianos romanos. (1:7).
Textos Claves: 1:16
"No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree, del judío primeramente y también del griego,"

"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo," 5:1

Tema Principal:
El plan de Salvación: La justificación por fe y la santificación a través del Espíritu Santo.
Exhortación acerca de los deberes del cristiano.

ROMA: Los más antiguos datos históricos que hoy se poseen sobre los orígenes de la ciudad de Roma se remontan al s. VIII a.C. Por entonces comenzaron a poblarse las siete colinas vecinas al río Tíber sobre las que, en un futuro aún lejano, habría de alzarse la capital del mundo conocido.


Aquellos primitivos asentamientos humanos crecieron poco a poco. Se unieron entre sí, establecieron principios de convivencia y sentaron las bases que un día conducirían a la instauración de un sistema de gobierno colectivo, conforme al modelo de república que caracterizó a Roma entre los S. VI y II a.C.

En la época de Jesús, la república de Roma se había transformado en imperio. Y fue en pleno corazón de aquel imperio romano, en parte admirable, y en parte lleno de conflictos y moralmente degradado, donde surgió la iglesia a la que el apóstol Pablo escribió esta epístola, sin duda la más importante de las suyas desde el punto de vista teológico.

A medida que se afirmaba la unidad del estado crecía su capacidad económica y militar, de donde se derivó también un fuerte anhelo de posesión territorial que empujó a Roma a la conquista de países y al sometimiento de gentes de muy diversas nacionalidades y lenguas. Con el paso de los años, se hizo dueña de toda la cuenca del Mar Mediterráneo y sus territorios circundantes, y aun mucho más allá. 


Propósito: La Epístola de Pablo a los Romanos (=Ro) ha enriquecido el testimonio de generaciones de creyentes a lo largo de la historia. La profundidad de pensamiento del autor pone de relieve su confiada entrega a la gracia de Dios, y manifiesta su vocación y el fervor que lo anima; un fervor evangelizador que ha inspirado acontecimientos decisivos para la historia y la cultura de la humanidad.

Cuando el apóstol redactó esta epístola, la más extensa de todas las suyas, aún no se le había presentado la ocasión de visitar a los creyentes residentes en Roma (1.10–15). Sin embargo, la larga lista de saludos del capítulo 16 parece probar que ya por entonces contaba con no pocas relaciones y afectos entre aquel grupo de hombres y mujeres que, en pleno corazón del imperio, habían sido «llamados a ser de Jesucristo» (1.6, 7). No obstante, es ese conocimiento que el apóstol demuestra tener de muchos creyentes de una iglesia a la que nunca había visitado, lo que ha motivado que algunos estudiosos piensen que el capítulo 16 no formó parte originalmente de esta carta. Opinan que pudo pertenecer a otra, posiblemente una dirigida a Éfeso, donde Pablo sí había estado en más de una ocasión y, una vez a lo menos, durante un largo espacio de tiempo (véase Introducción a Efesios).



Pablo se había propuesto muchas veces viajar a Roma (1.9–10,13, 15; 15.22–23), para anunciar allí el evangelio (1.15) y comunicar a los hermanos «algún don espiritual», para ser «mutuamente confortados por la fe» en Cristo (1.11–12). Pero es ahora, al considerar a España como campo de su inmediata labor misionera, cuando ve llegar también la oportunidad de realizar la anhelada visita (15.24, 28).

En esas circunstancias, el apóstol pareció entender que su presencia en Roma contribuiría a superar algunas tensiones que se estaban presentando en la iglesia. Pasajes como 11.11–25 y 14.1–15.6 revelan que sobre la comunión fraternal se cernía un serio peligro de división, a causa de rivalidades surgidas entre creyentes de distinta procedencia: los unos del judaísmo y los otros del paganismo (cf. a este respecto Hch 6.1; Gl 1.7; 2.4).

Fecha y lugar de redacción: Esta epístola fue escrita probablemente alrededor del año 55, durante una permanencia de Pablo en la ciudad de Corinto. Tanto por su contenido como por sus características literarias, se aproxima a la epístola enviada a las iglesias de Galacia. Las dos pertenecen a la misma época y revelan similares intereses doctrinales. Lo que no se sabe es cuál de ellas fue redactada primero. Por eso, algunos ven en Romanos una exposición ampliada, muy meditada y serena, de la breve epístola a los gálatas, mientras que otros piensan que Gálatas es una especie de síntesis polémica y vehemente de la carta a los romanos.

Como quiera que sea, ambos escritos deben considerarse desde una perspectiva común, puesto que en definitiva se trata de la transmisión de un mismo mensaje que incluye idénticos conceptos fundamentales: el dominio del pecado sobre todos los seres humanos (Ro 1.18–2.11; 3.9–19, cf. Gl 3.10–11; 5.16–21), la incapacidad de la Ley de Moisés para salvar al pecador (Ro 2.12–29; 3.19–20; 7.1–25, cf. Gl 2.15–16; 3.11–13,21–26), la gracia de Dios revelada en Cristo (Ro 1.16–17; 3.21–26, cf. Gl 2.20–21; 4.4–7), la justificación por la fe (Ro 3.26, 30; 4.1–5.11, cf. Gl 2.16; 3.11,22–26; 5.1–6) y los frutos del Espíritu (Ro 8.1–30, cf. Gl 5.22–26).

Contenido y estructura: En cuanto a la estructura literaria, Romanos se divide en dos partes principales: la primera es propiamente doctrinal (1.16–11.36); la segunda, de exhortación (12.1–15.13). Contiene además una introducción rica en conceptos teológicos (1.1–15) y una conclusión que completa el texto aportando gran número de notas de carácter personal (15.14–16.27).

Los temas tratados en Romanos son teológicamente densos, pero Pablo los expone de un modo ameno, y hace fácil su lectura introduciendo variados recursos estilísticos: diálogos, preguntas y respuestas, citas del AT, ejemplos y alegorías. La sección doctrinal es la más extensa. Pablo reflexiona acerca del ser humano, dominado por el pecado e incapaz de salvarse por su propio esfuerzo. Afirma, como el salmista (cf. Sal 14.1–3; 53.1–3), que todos, tanto judíos como gentiles, «pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (3.23); que solo Dios puede salvar a los pecadores, y que lo hace por pura gracia, «mediante la redención que es en Cristo Jesús» (3.24).

El tema de la fe y su importancia para la reconciliación del pecador con Dios se extiende de 3.21 a 4.25. En un lenguaje jurídico magistralmente utilizado, el apóstol introduce términos como "ley", "mandamiento", "transgresión", "justificación", "gracia" y "adopción". Pero los presenta bajo la nueva luz de la libertad y la paz ofrecidas en Cristo al pecador que se arrepiente, con quien Dios ha querido establecer una definitiva relación de amor y de vida (5.1–8.39).

Los capítulos 9 al 11 constituyen una unidad temática que se destaca del resto de la epístola. Aquí Pablo nos descubre su íntima preocupación porque Israel no ha llegado a comprender que «el fin de la Ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree» (10.4). Sin embargo, el apóstol está persuadido de que Dios no abandonará nunca a su pueblo escogido (11.1–2), por cuanto «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (11.29). Israel será restaurado (11.25–28), porque Dios tendrá misericordia de él como también la ha tenido de los gentiles (11.11–24,30–32).

La segunda parte de Romanos comienza en 12.1. Es una exhortación a vivir según la ley del amor, una apelación a la fe y a la conciencia cristiana. Todo creyente es llamado a poner en práctica esa ley, sea en el seno de una congregación de fieles (12.3–21; 14.1–15.13), sea en las relaciones con la sociedad civil (13.7–9) o con las autoridades y altas magistraturas del estado (13.1–7).

La fe debe manifestarse en la autenticidad del amor. Por lo tanto, la fe se opone a cualquier actitud de soberbia personal o colectiva. La jactancia y el menosprecio al prójimo no se corresponden con la solidaridad, que resulta del amor y le rinde testimonio (12.1–15.13).

A partir de 15.14 y hasta 16.27 se desarrolla el epílogo de la epístola. Es una extensa y cautivadora relación de observaciones personales, recomendaciones y saludos dirigidos a una serie de fieles, de muchos de los cuales se hace constar las virtudes que los adornan. Pablo une a los suyos los saludos de algunos de sus colaboradores, como Timoteo y como Tercio, que escribió la epístola, y también de algunos parientes, como Lucio, Jasón y Sosípater (v. 21–22). Pero el capítulo 16 no solo registra saludos y recomendaciones, sino que dedica hasta sus últimas palabras a animar a sus lectores y a afirmar la victoria reservada para cuantos confían en el poder de Dios («Y el Dios de paz aplastará muy pronto a Satanás bajo vuestros pies», v. 20).

Finalmente, una espléndida doxología cierra la epístola como con broche de oro (16.25–27).

Esquema del contenido:


Prólogo (1.1–15)
1. Parte doctrinal: Salvación por la fe (1.16–11.36)
2. Parte exhortatoria: Conducta cristiana (12.1–15.13)
Epílogo (15.14–16.27)

El Arte De La Hermeneutica











































martes, 12 de julio de 2011

Introducción al libro de Corintio

Autor: El apóstol Pablo.
Marco Histórico: La iglesia de Corinto fue fundada por Pablo en su segundo viaje misionero. Esta se había contaminado con los males que le rodeaban en una ciudad licenciosa.
Los griegos estaban orgullosos de sus conocimientos y de su filosofía, pero al mismo tiempo eran muy inmorales. Eran especialmente amantes de la oratoria.
Es evidente que Apolos, un judío cristiano elocuente que había venido a Corinto, se había ganado la admiración de los cristianos griegos. Este hecho llevó a hacer comparaciones entre él, con su elocuencia y persuasión, y otros líderes religiosos - Especialmente en el descrédito de Pablo, cuya apariencia física parece no haber sido impresionante (véase 2 Co 10:10). Esto probablemente es la clave de las divisiones en la iglesia, 1 Co 1:11-13. El deseo de Pablo era el de purificar la iglesia de facciones espirituales e inmoralidad, lo cual fue la causa primordial de la carta.

Corinto
La península del Peloponeso, en el sur de Grecia, es un territorio montañoso unido al resto del país por un istmo corto y angosto. En la época del NT estaba sometida a la administración romana, como parte de la provincia de Acaya, cuya capital, Corinto, se hallaba situada a pocos kilómetros al sudoeste del istmo.
A lo largo de su existencia, Corinto conoció el esplendor y la miseria. En el 146 a.C. estuvo a punto de desaparecer, arrasada por los romanos; pero un siglo después, en el año 44 a.C., la propia Roma dispuso que la ciudad fuera reconstruida y habilitada en ella la residencia del gobernador de la provincia. De este último dato quedó constancia en Hch 18.12–18, donde se dice que el procónsul Lucio Junio Galión gobernaba Acaya cuando Pablo llegó allí en su segundo viaje misionero.
Corinto tenía una doble salida al mar: al Adriático por el puerto de Lequeo, y al Egeo por el de Cencrea (cf. Hch 18.18 y Ro 16.1). Esa privilegiada situación geográfica reportaba no pocos beneficios a la ciudad, pues ambos puertos eran muy frecuentados por los barcos que hacían las rutas comerciales de los dos mares.
La población corintia, estimada en aquel entonces en unas 600.000 personas, incluía mercaderes, marineros, soldados romanos retirados y una elevadísima proporción de esclavos (alrededor de 400.000). Corinto era, además, un centro de incesante afluencia de peregrinos, que desde lejanos lugares acudían a rendir adoración a las diversas divinidades que en ella tenían un santuario.

La ciudad, famosa por su riqueza y cultura, lo era también por la relajación moral de sus habitantes y el libertinaje que dominaba las costumbres de la sociedad. Es posible que muchas de las críticas que se le hacían fueran exageradas, pero ciertamente la mala reputación de Corinto, fomentada por causas tan conocidas como la prostitución sagrada en el templo de Afrodita, era proverbial en toda la cuenca del Mediterráneo.



La iglesia corintia
En aquel ambiente, la existencia de una pequeña comunidad cristiana, compuesta en su mayor parte por personas sencillas, de origen gentil (1.26; 12.2) y reciente conversión, se veía sometida a fuertes tensiones espirituales y morales.
El anuncio del evangelio había sido bien acogido desde el principio, cuando Pablo, probablemente a comienzos de la década de los 50, llegó a Corinto procedente de Atenas. Durante «un año y seis meses» (Hch 18.11) permaneció entonces en la ciudad, entregado a la proclamación de la fe en Jesucristo (Hch 18.1–18).
Las primeras actuaciones del apóstol, según su costumbre, se encaminaron a entrar en relación con los judíos residentes (Hch 18.2, 4, 6, 8); pero la oposición de muchos de ellos lo llevó muy pronto a dedicar los mayores esfuerzos a la población gentil (Hch 18.6).
Durante el tiempo relativamente largo que Pablo pasó entonces en la capital de Acaya, parece que su labor consistió sobre todo en poner los cimientos para que otros después de él, como Apolos (1.12), pudieran seguir anunciando el evangelio en la región del Peloponeso (3.6–15).

Fecha y lugar de redacción
La Primera epístola a los Corintios (=1 Co) fue escrita en Éfeso, donde, según Hch 20.31, Pablo vivió tres años, probablemente entre el 54 y el 57. Mientras estaba allí, los creyentes de la congregación le hicieron llegar, posiblemente por conducto de Estéfanas, Fortunato y Acaico (cf. 16.17), algunas consultas, a las que respondió con la presente carta (cf. los pasajes que comienzan en 7.1, 25; 8.1, y también 10.23; 11.2; 12.1; 15.1).

Propósito
Más o menos por las mismas fechas, «los de Cloé» informaron al apóstol (1.11) de la difícil situación que estaban atravesando los creyentes corintios. Arrastrados por la fanática adhesión personal de unos a Pablo y de otros a Pedro o a Apolos (1.12; 3.4), entre todos habían puesto en grave peligro la unidad de la iglesia.
Además, los antecedentes paganos de la mayoría de aquellos hermanos seguían pesando en la conducta de algunos, y la general corrupción característica de la ciudad dejaba sentir su influencia en la congregación, de manera que incluso en su seno se daban casos de inmoralidad que exigían ser inmediatamente corregidos.

Contenido y estructura
Pablo comienza esta carta abordando el problema de las divisiones internas, amenaza que se cernía sobre la comunidad cristiana como un signo de incomprensión y olvido de determinadas afirmaciones básicas de la fe: que la iglesia es convocada a unidad de pensamiento y parecer (1.10–17; cf. Jn 17.21–23; Ef 4.1–5; Flp 2.1–11); que la única verdadera sabiduría es la que «Dios predestinó... para nuestra gloria» (1.18–3.4), y que solo Cristo es el fundamento de nuestra salvación (3.5–4.5; cf.1 Ti 2.5–6).

En seguida, trata de orientar a sus lectores respecto a otros males que ya estaban presentes en la iglesia, pero cuyo progreso había que impedir sin pérdida de tiempo: una situación incestuosa consentida por la congregación (5.1–13), pleitos surgidos entre los creyentes y promovidos ante jueces paganos (6.1–11), comportamientos sexuales condenables (6.12–20) y actitudes indignas entre los participantes en el culto, especialmente en la Cena del Señor (11.17–22, 27–34).

Junto a todas estas instrucciones, la carta contiene las respuestas del apóstol a las preguntas de los corintios relacionadas con el matrimonio cristiano y el celibato (7.1–40), con el consumo de alimentos que antes de su venta pública habían sido consagrados a los ídolos (8.1–13; 10.25–31) o con la diversidad y ejercicio de los dones otorgados por el Espíritu Santo (12.1–14.40).

Otros textos, relacionados con cuestiones doctrinales y de testimonio cristiano, incluyen amonestaciones en contra de la idolatría (10.1–11.1) y consideraciones sobre el atavío de las mujeres en el culto (11.2–16) y sobre la institución de la Cena del Señor (11.23–26). Notables por su belleza y su profundidad de pensamiento son el poema de exaltación del amor al prójimo (12.31b—13.13) y la extensa declaración acerca de la resurrección de los muertos (15.1–58).

El cuerpo central de 1 Corintios, prologado por un saludo y una presentación temática de carácter general (1.1–9), concluye con un epílogo que contiene breves indicaciones acerca de la ofrenda para la iglesia de Jerusalén, más las acostumbradas salutaciones y notas personales (16.1–24).

Esquema del contenido:
Prólogo (1.1–9)
1. Divisiones en la iglesia (1.10–4.21)
2. Pablo corrige a la iglesia (5.1–6.20)
3. Sobre el matrimonio (7.1–40)
4. La libertad cristiana (8.1–11.1)
5. La vida de la iglesia (11.2–34)
6. Los dones del Espíritu Santo (12.1–14.40)
7. La resurrección de los muertos (15.1–58)
Epílogo (16.1–24)

jueves, 7 de julio de 2011

GENESIS y EL BIG BANG

La presente es la transcripción de la conferencia "Génesis y el Big Bang" dictada por el Rabino Iosef Bittón el día 4 de Agosto en el auditorio del instituto ORT, en ocasión de celebrarse en Montevideo las Segundas Jornadas Latinoamericanas  de Ciencia y Judaísmo.
 
El tema
Vamos a hablar de una cuestión que tiene que ver con la parte teórica, filosófica y teológica del tema Ciencia y Judaísmo: vamos a hablar de Génesis y el Big Bang.
La Torá anuncia en sus primeras palabras “Bereshit Bara Elo-him”  “En el principio Dios creó los cielos y la tierra”. ¿El Big Bang dice algo parecido o expresa algo totalmente diferente?  ¿El Big Bang es una teoría que contradice la afirmación bíblica o reafirma la declaración bíblica? Juzgue usted:

 Historia de los Principios
Vamos a comenzar.  Como se dijo, la Torá afirma que en el principio Dios creó los cielos y la tierra.  No vamos a hablar desde la fe.  En realidad, en el judaísmo no existe el conocimiento "por la fe".  Vamos a enfocar este tema de la forma más científica posible: con evidencias, datos, hipótesis.
En primer lugar, tenemos que ubicarnos en lo que fue la antigua concepción humana del Universo, del cosmos.  La afirmación de la Torá, Bereshit, en el principio existió una creación divina, no fue nunca muy bien vista por la ciencia.  De hecho fue rechazada por los científicos de la antigüedad. 
Uno de los más grandes sabios que conoció la humanidad, cuyo pensamiento y ciencia rigieron el conocimiento científico del hombre durante siglos, fue Aristóteles.  Y Aristóteles describió un Mundo estable, finito, y eterno. Porque él, como nosotros, salía afuera y miraba el cielo y las estrellas y veía que los astros se desplazaban en órbitas aburridas, mecánicas y matemáticamente previsibles.  Entonces este Mundo, decía Aristóteles, siempre existió así como lo vemos ahora. No tuvo ningún "principio" y  siempre seguirá siendo el mismo y por lo tanto "no hubo nadie que lo creara".  Incluso desde el punto de vista filosófico el dios -con minúsculas- de Aristóteles era un dios privado de voluntad.  Para Aristóteles el hecho de que existiera una creación reflejaría una modificación en Dios, y su dios era estable y por la misma proyección del universo, eterno, e inmutable. A Dios, según el pensamiento  aristotélico, no se le podría ocurrir de pronto  querer un universo.  Por lo tanto, ya sea desde el punto de vista físico y astronómico, como desde lo filosófico, Aristóteles y toda la ciencia desde él hasta nuestros días, sostuvieron que "Bereshit" no existió. El mundo era eterno.
 
La Edad Media registra innumerables discusiones de sabios judíos frente a sabios aristotélicos.  Los sabios aristotélicos demostraban “científicamente” que el mundo era eterno, y los sabios judíos, siempre a la defensiva, declaraban un tímido Bereshit, que entonces, era casi una proclamación de fe.
 
Quizás el paradigma de esta defensa lo representó el famoso Rabí Moshé Ben Maimón,  a quien se le conoce como Rambam o Maimónides. Ese ilustre sabio, médico, filósofo y astrónomo, que tuvo el pueblo judío, es sin duda el modelo de inspiración de estas jornadas.  El fue quien discutió con los sabios aristotélicos manteniendo que el mundo había tenido un principio.  Y lo notable es que hasta bien entrado el siglo XX todavía la ciencia seguía afirmando que el mundo era finito y eterno, que no existió un "Bereshit".
El descubrimiento de Andrómeda
¿Cuándo es que se descubre que el mundo tuvo un principio, que hubo un Bereshit, que el mundo no era eterno?  Hubo varios sabios y astrónomos, que con  telescopios cada vez más potentes empezaron a ver diferentes puntos de nuestra galaxia. Desde Galileo y Copérnico. Y por supuesto a partir de nuestro siglo XX, comenzaron a observar otras galaxias y vieron que éstas no se  desplazaban en órbitas, como hubiéramos esperado. Es decir, mientras que todos los astros y los cuerpos celestes de nuestra galaxia aparentemente sí se desplazaban de forma orbital, las galaxias no hacían lo mismo.  Vesto Slipher fue el primero que lo percibió, pero el científico que lo pudo verificar fue Edwin Hubble. (Hoy tenemos grandes y poderosos telescopios en su nombre).  Año 1925 más o menos, Hubble descubre una galaxia llamada Andrómeda. A través de una sofisticada medición  de la luz denominada "efecto doppler", (es una forma de medir la luz que va llegando de las galaxias más lejanas) él calculó que esa galaxia se estaba "alejando" de un punto de referencia establecido, a una velocidad astronómica.  E incluso descubre otra galaxia que está más lejos que Andrómeda, y que se aleja más rápido que Andrómeda, lo cual empieza a demostrar una imagen del universo hasta ahora desconocida.  Si pasamos la película para atrás, lo podremos entender...  La galaxia Andrómeda, a una velocidad 10 digamos, está en el punto A.  La otra galaxia a una velocidad 12, está en un punto B, más alejado, o sea que cuanto más rápida es la velocidad de la galaxia, más alejada está.  Por lo tanto si volvemos hacia atrás la película de todas las galaxias que se van alejando, llegaríamos a un punto en el cual todas las galaxias vuelven a un centro original, un punto. Y de aquí, un poco después, en el año 1946, el famoso científico George Gamow, elabora la teoría del Big Bang. Es decir, de que en realidad en un principio todo era una impresionantemente poderosa súper-bola de fuego, decía Gamow, de energía, que al explotar dio origen a todas las galaxias, las mismas que hasta hoy se siguen desplazando por efecto de esa primigenia explosión. 

Demasiado parecido a la Biblia...
A esta teoría, en sus principios, se opuso nada más y nada menos que el Profesor  Albert Einstein. Y fíjense cuáles fueron los argumentos de él para oponerse.  El decía que esa teoría era muy sospechosa y que el "no quería caer en manos de sacerdotes".  ¿Por qué?  Porque Einstein entendió que demostrar que el universo tuvo un principio, era acercarse demasiado a una teología.
Si hubo un inicio, entonces alguien tuvo que iniciarlo. Ya que hay leyes físicas de conservación de masa y energía que no "permiten" que algo de pronto aparezca así, espontáneamente y de la nada.  
Previendo esto, Einstein y todo un grupo de científicos con una orientación secular se negaron a aceptar esta teoría.  Incluso el mismo Einstein inventó la hipótesis de "la constante cosmológica" para explicar el fenómeno  descubierto por Hubble -que después consideró como uno de los más grandes errores de su carrera profesional. 
Pero la teoría del Big Bang  (a propósito, el nombre Big Bang lo puso un científico que no apoyaba esta teoría, llamado Fred Hoyle.  Este científico(Astrofísico inglés, 1915 – 2001) se burlaba de esta hipótesis y la bautizo "Big Bang" con un tono despectivo y burlón...) tenía que ser demostrada científicamente, no sólo por esa película hacia atrás, que podemos deducir, sino que se esperaba que esa explosión hubiera dejado como un "residuo" de su "onda expansiva", como cuando tiramos una piedrita en el agua... que teórica y matemáticamente, esas ondas se expanden ad eternum, nunca se acaban.  Entonces, esta teoría previa que debería existir un tipo de ondas llamadas Kelvin, en una frecuencia de más o menos 3,5 grados.

En 1964, dos investigadores que trabajaban para la compañía Bell Telephone de Estados Unidos, Wilson y Penzias, haciendo experimentos con antenas para las instalaciones telefónicas  descubren esta radiación.  Descubren la radiación de Kelvin 3,5... ¡Una radiación constante y permanente en todo el Universo! Si ustedes la quieren ver, si quieren percibir ese eco del Big Bang, lo pueden ver en sus Televisores. Cuando no sintonizan ningún canal,  ese ruido y esa lluvia en la pantalla, es nada más y nada menos, queridos amigos, que el eco original del Big Bang. Años después, hace relativamente poco, el satélite "Kobe" también registra la misma onda expansiva universal. Otro dato que también tenía que ser confirmado era la cantidad de nitrógeno y helio existente en el Universo, y también coincidió con lo que se calculaba desde la teoría del Big Bang. La cuestión es que a partir de estas dos confirmaciones ya ningún científico serio se atrevió a cuestionar el Big Bang. La teoría fue absolutamente aceptada.  Esto lo sabe todo el mundo...

El fin de la gran conspiración
Mi gran pregunta es si ustedes sabían que la teoría del Big Bang era toda una confirmación del Bereshit, y la rotunda negación de aquello que la ciencia estuvo sosteniendo durante siglos. ¿Eran Ustedes consientes que el Big Bang representaba  la ratificación, por parte de la ciencia de que existió  un principio, un Bereshit?
De que  recién en este siglo se afirma lo que la Torá ya había afirmado hace tanto tiempo...
El mundo no es eterno, el mundo tuvo un principio.  La ciencia lo llama Big Bang, nosotros lo llamamos Bereshit...
De la misma manera, lo que la ciencia denomina "radiación Kelvin 3,5" nosotros lo llamamos el eco de la creación divina... 

En las últimas décadas, varios científicos honestos de vanguardia, que no encuentran otra posible explicación de cómo de pronto surge  algo de la nada y habiendo abandonado el modelo del universo estático, empiezan a hablar con un término que no tiene casi nada que ver con lo científico. Comienzan a mencionar el concepto "Creación". 
 
El Profesor Natan Aviezer, de la Universidad de Bar Ilan, escribe en su libro  llamado Bereshit Bará (En el principio  creó...) El autor escribe acerca de las coincidencias entre el relato bíblico de la creación y la descripción científica de la Cosmogonía, (el nacimiento del Cosmos).  Está en castellano. Ha sido traducido hace muy poco tiempo.   Les voy a leer las citas que trae respecto a los científicos modernos que hablan de Creación.   Aviezer dice así, citando a prestigiosos científicos: “La creación del universo ha llegado a ser un hecho científicamente aceptado. El desarrollo de la radioastronomía en los últimos años ha aumentado considerablemente nuestro conocimiento de partes distantes del universo.  Como resultado el origen violento y espontáneo del universo ha sido aceptado en forma general.  Parece ser acertado que hubo un tiempo definitivo de la creación”.




miércoles, 6 de julio de 2011

Antiguao Testamento por Martin Lutero


ANTIGUO TESTAMENTO
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Has de saber, que este libro es un código que enseña lo que se debe hacer y dejar de hacer, adosando ejemplos e historias que muestran cómo se observan o trasgreden  tales leyes, así como el Nuevo Testamento es un evangelio o libro de gracia que enseña a dónde debemos acudir para que la ley sea cumplida. Asi es, como en el Nuevo Testamento se dan, junto a la doctrina de la gracia, otras muchas doctrinas, las cuales son ley  y mandamientos para dominar la carne —porque en esta vida el espíritu no es perfecto ni puede gobernar la sola gracia—, así también hay en el Antiguo Testamento, junto a las leyes, algunos pasajes que hablan de las promesas y de la gracia, y con ellos los santos padres y los profetas, que vivieron bajo el régimen de la ley, se han mantenido en la fe de Cristo como nosotros.
 Así como el propósito de la doctrina fundamental del Nuevo Testamento es:
·         Proclamar la gracia y la paz mediante el perdón de los pecados en Cristo.

 En la misma forma es propósito fundamental del Antiguo Testamento:
·         Enseñar la ley,
·         Señalar los pecados  y
·         Exigir  que se haga el bien.

Esto es lo que debes saber que hay que esperar en el Antiguo Testamento.

Libros de Moisés.

 En el primer libro enseña cómo han sido formadas todas las creaturas y —lo que es el principal motivo de su escrito— de dónde provienen el pecado y la muerte, es decir, por la caída de Adán, a causa de la maldad del diablo, Génesis 3. Pero pronto, antes de que viniera la ley, Moisés nos enseña de dónde ha de venir la ayuda para expulsar el pecado y la muerte, es decir, no por la ley o la obra propia, porque todavía no existía la ley, sino por la simiente de la mujer, por Cristo, prometido a Adán y a Abraham. Así, desde el comienzo de la escritura y en todo su contenido se ensalza la fe sobre toda obra, ley y mérito. Así pues, el primer libro de Moisés contiene casi exclusivamente ejemplos de fe y de incredulidad y qué frutos acarrean, siendo casi un libro evangélico.

Después,  en  el segundo  libro,  cuando el  mundo ya estaba  colmado y sumergido en la ceguera, de modo que casi no se sabía qué era pecado o de dónde había provenido la muerte, entonces Dios hace aparecer a Moisés con la ley y escoge a un pueblo especial para iluminar el mundo de nuevo mediante ellos y para poner de manifiesto el pecado mediante la ley. Entonces organiza al pueblo con toda clase de leyes y lo separa de todos los otros pueblos, los hace construir un tabernáculo, dispone un culto divino, designa  los príncipes y los oficiales, y  provee así a su pueblo muy acertadamente de leyes y personas capacitadas, de modo que pueda ser gobernado espiritualmente ante Dios y  físicamente  ante el  mundo.

En el tercer libro se organiza especialmente el sacerdocio, con sus leyes y reglamentos, según los cuales los sacerdotes deben actuar y enseñar al pueblo. Se observa, pues, que el oficio sacerdotal solamente fue establecido a causa del pecado, para proclamar el pecado al pueblo y para reconciliar ante Dios. De modo que toda su acción consiste en tratar con pecados y pecadores. Por tal motivo, tampoco se concede a los sacerdotes riqueza temporal, ni se les ordena  o permite gobernar  en lo secular, sino que únicamente se les asigna el cuidado del pueblo con respecto a los pecados.


En el cuarto libro, una vez dadas las leyes, instituidos los sacerdotes  y príncipes, y ya erigido el tabernáculo y el culto divino, ya preparado todo lo pertinente al pueblo de Dios, comienza la puesta en práctica, probándose cómo funciona este orden. Por eso describe dicho libro tantas desobediencias y plagas del pueblo, explayando y reiterando algunas leyes. Pues sucede en todo tiempo que es fácil establecer leyes, pero cuando hay que aplicarlas y ponerlas en práctica entonces no se tropieza sino con obstáculos, y nada sucede como exige la ley. Así pues, este libro es un notable ejemplo de que no se puede hacer piadosa a la gente con leyes, sino que, como dice San Pablo, la ley sólo produce pecado e ira.